Tía Verde, Tía Marrón y Tía Lavanda por Elsa Beskow
Elsa Beskow
3-6 Años
3 min
Tres tías de colores y un policía amable acogen a Peter y Lotta. Entre jardines, meriendas, mercado y nieve, los niños aprenden a ayudar y a sentirse en casa. Tierno, clásico y luminoso.

Tía Verde, Tía Marrón y Tía Lavanda

En una casita amarilla, al borde de una plaza tranquila, vivían tres señoras queridas por todos. Las llamaban Tía Verde, Tía Marrón y Tía Lavanda. Cada una vestía del color de su nombre. Tía Verde cuidaba el jardín y hablaba con las flores. Tía Marrón horneaba pan y pasteles que olían a hogar. Tía Lavanda cosía encajes finos y perfumaba los armarios con ramitas de lavanda. A menudo pasaba por allí un policía de uniforme azul, amable y atento. Los niños del barrio le decían Tío Azul.

Un día llegaron dos niños que necesitaban un hogar. Nadie sabía de dónde venían. Solo recordaban sus nombres: Peter y Lotta. Las tres tías los miraron con cariño y dijeron: “Nuestra puerta siempre está abierta.” Tío Azul sonrió y añadió: “Aquí estarán a salvo.” Así, Peter y Lotta se quedaron en la casita amarilla, con tres tías y un tío de uniforme.

Desde la primera mañana, la casa se llenó de risas. Tía Verde les mostró cómo plantar semillas. “La paciencia es agua para el corazón”, decía, mientras Peter hacía hoyitos y Lotta tapaba con tierra. En la cocina, Tía Marrón enseñó a amasar. “Las manos limpias y el corazón contento hacen un buen pan.” Peter formó un pan pequeño y Lotta espolvoreó harina. Tía Lavanda les puso lazos en el pelo y botones brillantes en la ropa. “Cuando cuidamos los detalles, el día luce bonito”, les susurró.

Tío Azul los llevó a pasear por la plaza. “Mirad a los dos lados antes de cruzar”, les enseñó. Los pájaros cantaban y el viento olía a hojas nuevas. Un domingo, todos fueron al bosque a recoger bayas. Peter y Lotta comieron tantas que se les tiñeron los labios de rojo. “¡Vaya bigotes!” rió Tía Marrón, y al llegar a casa cocinó mermelada para untar en pan calentito.

Cuando las vecinas se reunieron a tomar café, Tía Lavanda puso un mantel con encaje y flores moradas. “Hoy seremos educados y amables”, dijo Tía Verde. Peter y Lotta llevaron bandejas con cuidado. Un vasito se tambaleó y la leche casi cayó. Lotta lo sujetó a tiempo. “¡Bien hecho!”, aplaudió Tía Marrón. Después, llevaron una cesta de bollitos a una anciana que vivía sola en la esquina. “Gracias, queridos”, dijo la señora, y su sonrisa iluminó la tarde. Peter y Lotta comprendieron lo bien que se siente ayudar.

En otoño, las tías llevaron a los niños al mercado a comprar zapatos. Había tanta gente que Peter y Lotta, por un momento, se tomaron de la mano y se quedaron muy quietos. “Aquí estamos”, les dijo una voz conocida. Era Tío Azul. “Buscaré a sus tías con ustedes.” Pronto, Tía Verde apareció con una ramita de geranio en el sombrero, y todos rieron al volver a estar juntos. De regreso en casa, Tía Marrón preparó sopa caliente y pan crujiente, mientras Tía Lavanda remendó un guante con hilo lila.

Llegó el invierno con su aliento de nieve. El jardín quedó blanco y silencioso. Tío Azul trajo un trineo y enseñó a los niños a deslizarse por la ladera suave del parque. “Uno detrás del otro, y los pies adelante”, explicó. Las mejillas les ardían de frío y felicidad. Al volver, Tía Marrón los envolvió en mantas y les dio chocolate caliente. Tía Lavanda les secó el pelo y dejó bajo sus almohadas una bolsita de lavanda que olía a sueños tranquilos.

Un día especial, las tres tías prepararon una sorpresa. Tía Verde hizo coronas de hojas brillantes. Tía Marrón horneó una tarta con velitas. Tía Lavanda colgó una guirnalda morada con sus manos suaves. Cuando Peter y Lotta entraron en el salón, todos cantaron. “Por vuestra llegada a nuestro hogar”, dijo Tía Verde. “Por vuestra bondad”, añadió Tía Marrón. “Por la dulzura que traéis”, completó Tía Lavanda. Tío Azul levantó su gorra y sonrió.

Esa noche, antes de dormir, Peter y Lotta miraron por la ventana. La nieve caía lenta, como plumas. “Tenemos un hogar”, susurró Lotta. “Y nosotros también sabemos ayudar”, dijo Peter, recordando a la anciana, las semillas, las bandejas y el trineo compartido. En la casita amarilla, con Tía Verde, Tía Marrón, Tía Lavanda y Tío Azul, cada día estaba lleno de pequeñas cosas buenas. Y eso, pensaron los niños, es lo más mágico de la vida.

The End

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