Pulgarcita por H.C. Andersen
H.C. Andersen
3-6 Años
3 min
Pulgarcita, una niña del tamaño de un pulgar, escapa de un sapo y de un topo, salva a una golondrina y vuela a tierras cálidas, donde descubre su verdadero hogar.

Pulgarcita

Había una vez una mujer que deseaba tener un hijo. —Cómo me gustaría una niña pequeñita—, suspiraba. Un día, una anciana amable le dio un grano de cebada. —Plántalo en una maceta. Es especial—, dijo. La mujer lo plantó y, pronto, brotó una flor parecida a un tulipán. Era tan bonita que la mujer la besó. ¡La flor se abrió! Y dentro, sentada en el corazón dorado, había una niña diminuta, del tamaño de un pulgar. La llamaron Pulgarcita. Dormía en una cuna hecha con una cáscara de nuez, con pétalos de violeta por manta, y cantaba con una voz dulce como un pajarito.

Una noche, una rana la vio por la ventana. —¡Qué esposa tan linda para mi hijito sapo!—, croó. Saltó adentro y, muy despacio, se llevó a Pulgarcita, dormida en su cuna. La dejó en una hoja de nenúfar, en medio del estanque. —Mañana te casarás con mi hijo—, dijo. Pulgarcita despertó y lloró. No quería vivir en el agua. Los peces del estanque escucharon su llanto. —Pobrecita—, pensaron. Con sus dientes, royeron el tallo del nenúfar. La hoja se soltó y la corriente la llevó lejos, como si fuera un pequeño barco. Una mariposa blanca se posó en el borde, y Pulgarcita le sonrió. —Gracias por hacerme compañía—, dijo.

De pronto, un escarabajo grande la tomó con sus patitas y la llevó a un árbol. —¡Qué criatura tan curiosa!—, dijo. Otros escarabajos se acercaron. Algunos la miraron con extrañeza. —No tiene alas—, murmuraron. Pulgarcita se puso triste. El escarabajo, al verla, la dejó libre entre unas hierbas suaves. —Mejor vuelves al bosque—, murmuró. Y Pulgarcita vivió un tiempo sola, escondida bajo hojas grandes. Bebía el rocío de la mañana y tejía una cama con pasto. El verano pasó, y el viento se volvió frío.

Cuando llegó el invierno, Pulgarcita temblaba. Encontró la puerta de un ratón de campo. Tocó con sus nudillos diminutos. —¿Puedo entrar? Tengo frío—. El ratón de campo era amable. —Claro que sí—, dijo. —Si me cuentas historias y me ayudas, podrás quedarte—. Debajo de la tierra había calor y granos. Pronto los visitó el vecino, el señor Topo. No le gustaba el sol ni las flores. Todo para él debía ser oscuro y ordenado. Un día, el topo los llevó por un túnel. Allí, yacía una golondrina, tendida, muy quieta. —Está muerta—, dijo el topo con indiferencia. Pero Pulgarcita notó un latido. De noche, en secreto, llevó una manta de heno, le puso hojas secas sobre el pecho y le dio agua con una pajita. —Resiste, amiga—, susurró. Día tras día la cuidó, hasta que la golondrina abrió los ojos. —Gracias, pequeña—, trinó. —Me salvaste la vida—.

Cuando llegó la primavera, la golondrina batió sus alas sanas. —Ven conmigo a tierras cálidas—, le pidió. Pulgarcita miró al ratón. Había sido bueno con ella. —No puedo aún—, respondió. El topo, entonces, anunció: —Pulgarcita se casará conmigo al final del verano—. Cosió un vestido oscuro y planeó una casa sin ventanas. Pulgarcita se puso muy triste. Amaba la luz y las flores. Un día de sol, salió a despedirse del campo. —¡Adiós, cielo azul!—, lloró.

En ese momento, la golondrina la oyó. —Súbete a mi espalda—, dijo. —No debes vivir sin luz—. Pulgarcita trepó entre sus plumas, se aferró con cuidado, y ¡al aire! Volaron sobre bosques, ríos y montañas. El viento era suave y el mundo, enorme.

Llegaron a un valle cálido donde siempre había flores. La golondrina dejó a Pulgarcita sobre un gran cáliz blanco. Dentro vivía un príncipe del tamaño de ella, con una corona brillante y alas transparentes. —Bienvenida a mi reino de flores—, dijo sonriendo. —¿Quieres quedarte aquí, donde siempre hay sol y música?— Pulgarcita sintió que su corazón florecía. Aceptó. Todos los seres diminutos salieron a bailar. Le dieron un par de alitas para que pudiera volar de flor en flor. Desde ese día la llamaron Maya, y el príncipe puso una corona de pétalos en su cabeza.

La golondrina cantó la historia de la pequeña niña valiente y, feliz, volvió a su nido. Y Pulgarcita —ahora la princesa Maya— vivió entre flores, luz y canto, libre y contenta, para siempre.

The End

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