Ponerle el cascabel al gato
En una vieja casa vivía una gran familia de ratones. Eran pequeños, curiosos y rápidos. Corrían por la cocina, mordisqueaban migas y jugaban a esconderse entre los sacos de harina.
Pero en la misma casa vivía el Gato. El Gato caminaba suave, como una sombra. Sus patas no hacían ruido. Sus ojos brillaban en la oscuridad. Cuando menos lo esperaban, ¡zas!, saltaba y perseguía a los ratones.
Cada noche, los ratones tenían miedo. No sabían cuándo venía el Gato. “Necesitamos una idea”, dijo un ratón. “Debemos cuidarnos”, dijo otro.
Entonces decidieron hacer un gran consejo. Se reunieron en la despensa, detrás de una caja. Vinieron ratones grandes y pequeños. Hablaron y hablaron. Propusieron muchas cosas: correr más rápido, salir solo de día, cavar túneles. Nada parecía suficiente.
De pronto, un ratoncito joven levantó la pata. Tenía los ojos brillantes y el corazón lleno de entusiasmo. “¡Ya sé!”, dijo. “Si le ponemos un cascabel al cuello del Gato, podremos oírlo. Cuando se acerque, el cascabel sonará: tilín, tilín. Entonces tendremos tiempo para escondernos. ¡Estaremos a salvo!”
Los otros ratones aplaudieron. “¡Qué idea tan buena!”, dijeron. “¡Maravilloso!”, “¡Perfecto!”. Ya se imaginaban escuchando el tilín del cascabel y corriendo a sus agujeros antes de que el Gato llegara.
En medio del ruido apareció un ratón muy viejo. Sus bigotes eran largos, y su voz, tranquila. “Hijos”, dijo, “la idea es ingeniosa. Pero tengo una pregunta.” Todos callaron para escuchar. “¿Quién de ustedes le pondrá el cascabel al Gato?”
El consejo se quedó en silencio. Nadie se movió. El ratoncito joven miró al suelo. Otro ratón se escondió detrás de la caja. Todos pensaron en las garras del Gato y en sus dientes afilados. Pensaron en su paso silencioso. Y entendieron que poner el cascabel sería muy, muy peligroso.
Al no haber respuesta, el consejo terminó. Los ratones se fueron despacio, con el corazón un poco apretado. La idea era buena, sí, pero ninguno podía hacerla. Desde entonces, siguieron viviendo con cuidado. Escuchaban cada crujido. Miraban cada sombra. Salían solo cuando estaban seguros. Y cuando oían al Gato respirar cerca, corrían a sus agujeros.
Y así aprendieron algo importante: las ideas bonitas no sirven si nadie puede llevarlas a cabo. Moraleja: es fácil decir un plan; lo difícil es hacerlo.






















