Mercurio y el Leñador por Esopo
Esopo
3-6 Años
2 min
Un leñador sincero pierde su hacha en un río profundo. Mercurio aparece con hachas brillantes. La verdad lo recompensa; la mentira castiga a un vecino codicioso. Fábula clásica con magia.

Mercurio y el Leñador

Había una vez un leñador pobre pero muy trabajador. Vivía cerca de un río claro, con árboles altos que tocaban el cielo. Cada día salía temprano con su hacha de hierro, vieja pero fuerte. Con ella cortaba leña para calentar su casa y ganar unas pocas monedas para su familia.

Una mañana, el leñador pisó una piedra mojada junto a la orilla. ¡Resbaló! El hacha se le escapó de las manos y cayó al agua con un ¡plop! El río era hondo y corría rápido. El leñador se sentó en la hierba y se echó a llorar. “Sin mi hacha no podré trabajar”, dijo con tristeza. “¿Qué haré ahora?”

De pronto, el agua empezó a brillar. Del río salió Mercurio, el mensajero de los dioses. Llevaba sandalias con alas y una sonrisa amable. “Leñador, ¿por qué lloras?”, preguntó con voz suave.

“Mi hacha se cayó al río”, respondió el hombre. “Era de hierro. No tengo otra. La necesito para vivir.”

Mercurio asintió y se zambulló en el agua. Al poco, salió con un hacha que brillaba como el sol. El mango relucía, la hoja era de oro puro. “¿Es esta tu hacha?”, preguntó.

El leñador abrió los ojos de par en par y dijo: “No, señor. Esa hacha es muy hermosa, pero no es la mía. La mía era vieja y de hierro”.

Mercurio volvió a hundirse en el río. Esta vez regresó con un hacha plateada, tan brillante como la luna. “¿Y esta?”, dijo.

El leñador negó con la cabeza. “Tampoco, señor. No es mía. La mía no brilla. Es sencilla y de hierro.”

Por tercera vez, Mercurio buceó. Cuando salió, traía un hacha oscura, gastada por el uso, con marcas de trabajo en el mango. “¿Es esta tu hacha?”

El leñador sonrió. “¡Sí, esa! Esa es mi hacha. Gracias, muchas gracias.”

Mercurio se alegró al ver la honestidad del hombre. “Has dicho la verdad cuando era fácil mentir”, dijo el dios. “Por ser sincero, te daré un regalo.” Y puso en las manos del leñador no solo su hacha de hierro, sino también el hacha de plata y el hacha de oro.

El leñador se inclinó agradecido. “Prometo usarlas con cuidado y seguir diciendo la verdad.” Guardó las tres hachas y volvió a casa contento. Por el camino, los vecinos le preguntaron qué había pasado. Él contó todo, con calma y sin presumir.

Uno de sus vecinos, que era codicioso, escuchó la historia y pensó: “Si yo hago lo mismo, me quedaré con el hacha de oro.” Al día siguiente fue al río con su propia hacha. Miró a un lado y a otro, y la tiró al agua a propósito. Luego se puso a llorar a gritos: “¡Ay, mi hacha! ¡Mi pobre hacha!”

El agua volvió a brillar. Salió Mercurio y preguntó: “¿Por qué lloras?”

“Mi hacha se cayó al río”, dijo el vecino, fingiendo tristeza.

Mercurio se zambulló y sacó el hacha de oro. “¿Es esta tu hacha?”, preguntó.

El vecino, sin dudar, respondió: “¡Sí, esa! Esa es la mía.”

Mercurio frunció el ceño. “No digas mentiras”, dijo con firmeza. “Esta no es tu hacha.” Y con un movimiento de su mano, el dios desapareció bajo el agua, llevándose el hacha de oro y dejando al vecino sin nada. El río siguió su curso, y el vecino se quedó sin su hacha de hierro también, porque él mismo la había arrojado al agua.

Así aprendieron todos en el pueblo que la verdad es un tesoro más valioso que el oro. Porque la honestidad trae recompensa, y la avaricia y la mentira dejan las manos vacías.

The End

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