Los perros y las pieles por Esopo
Esopo
6-9 Años
2 min
Unos perros hambrientos ven pieles en un río y deciden beberlo para alcanzarlas. Descubre cómo termina su plan y la lección sobre la codicia y lo imposible que nos deja esta fábula.

Los perros y las pieles

Era un día de verano, de esos en los que el sol calienta incluso las piedras. Por un sendero polvoriento caminaba una jauría de perros, con las lenguas fuera y el estómago vacío. Habían buscado restos en el mercado y migas bajo las mesas, pero no habían encontrado casi nada. El hambre les gruñía por dentro como un tambor. Entonces, al acercarse a un río claro, sus narices olieron algo que les hizo brillar los ojos.

En medio del agua, moviéndose lenta y pesadamente, había unas pieles en remojo. Eran grandes, gruesas, y parecían prometer comida, aunque en realidad ya no tenían carne. El agua las mantenía hundidas, suaves por el remojo, y la corriente las mecía despacio. Los perros las miraron desde la orilla, salivando. Para ellos, en su hambre, las pieles se parecían a un banquete escondido.

—¡Miren! —ladró un perro de pelaje pardo—. Si sacamos esas pieles, tendremos algo que masticar.

—Pero están en medio del río —gruñó otro, blanco como la espuma—. El agua es profunda y corre fuerte.

—Puedo nadar hasta allí —propuso uno negro y musculoso, metiendo una pata—.

Probó, pero la corriente lo empujó y las pieles se hundieron aún más, resbaladizas y pesadas. Volvió a la orilla sacudiéndose, frustrado. Todos se quedaron mirando, pensando, con el estómago hablando más fuerte que la prudencia.

Fue entonces cuando un perro joven, vivaracho y con más prisa que juicio, tuvo una idea que le pareció brillante. —Si no podemos llegar a las pieles —dijo, agitando la cola—, ¡hagamos que las pieles lleguen a nosotros! ¿Y cómo? Bebiendo el río. Si lo bebemos entre todos, el nivel bajará y podremos alcanzarlas.

Los demás se miraron. La idea sonó audaz y, a sus tripas vacías, razonable. —Somos muchos —asintió el pardo—. Si cada uno bebe y bebe, el río se hará pequeño. —¡Sí! —apoyaron varios—. ¡Bebamos hasta que asomen!

Se alinearon en la orilla, hocico al agua, y comenzaron a tragar. Al principio, el agua fresca les pareció deliciosa, y la sed que traían del camino les dio fuerzas. Bebieron a grandes sorbos, tragando con ansia. Sus barrigas empezaron a hincharse, redondas y apretadas como odres. El río, por supuesto, seguía corriendo desde las montañas, pero ellos no pensaban en eso.

—Un poco más —jadeó el perro joven, con los ojos fijos en las pieles—. ¡Ya casi, ya casi! —Yo también veo que se mueven —dijo otro, aunque en realidad el movimiento era el de la corriente—. Y siguieron, y siguieron. Cada trago les pesaba en el cuerpo, y algunos se sentaron para seguir bebiendo sin perder fuerzas. La codicia y la impaciencia los empujaban más que el sentido común.

Pronto, el agua dejó de parecerles sabrosa. Les dolían los costados, les faltaba el aire, y aun así no querían parar. —Solo un poquito más —insistió el pardo, con la voz tensa—. No dejemos que todo este esfuerzo sea en vano. Pero el río no se acababa, y las pieles no subían. Lo único que subía era la incomodidad que sentían en sus vientres.

Entonces ocurrió lo inevitable. Antes de lograr lo que se habían propuesto, sus cuerpos, llenos hasta el límite, no pudieron soportar más. Uno tras otro, de tanto beber, se reventaron. El silencio que siguió al vano esfuerzo fue más elocuente que cualquier ladrido.

El río continuó su camino, fresco y limpio, sin preocuparse por los planes de los perros. Las pieles siguieron en remojo, flotando apenas, ajenas a la codicia que habían despertado. Un remolino las giró suavemente, como si el agua se riera de la ocurrencia. Los que miraron desde lejos, aprendieron sin palabras.

Esta fábula enseña que no debemos intentar lo imposible ni dejarnos llevar por la avaricia o la impaciencia. Quien persigue lo que no puede ser, pierde el juicio y hasta lo que tiene. Antes de lanzarnos a un plan atrevido, pensemos si es sensato y posible.

The End

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