Los niños del bosque
Debajo de las raíces de un viejo pino viven el papá tomte, la mamá tomte y sus cuatro niños. Son pequeñitos, llevan gorros rojos y zapatos de corteza, y conocen cada rincón del bosque.
—Escuchad bien —dice el papá—. Caminad siempre por los senderitos de musgo. Saludamos a las hormigas, ayudamos a los pequeños, y nos escondemos si vemos al zorro, al búho o a los humanos.
Llega la primavera. Se derrite la nieve, cantan los pájaros, brotan hojas tiernas. La mamá tomte cose vestidos nuevos con hojas y pétalos. Los niños salen de la casa de raíces y huelen a tierra mojada. Encuentran un escarabajo patas arriba.
—¡Pobrecito! —susurran.
Entre todos lo empujan con cuidado hasta que puede volar. Juegan con las ardillas, que saltan de rama en rama como si fueran columpios del cielo. El papá señala un hormiguero.
—Mirad cómo trabajan juntas —dice—. Aprended de ellas.
Un día ven, desde lejos, una culebra tomando el sol. Los niños recuerdan la regla, hacen una pequeña reverencia y siguen su camino sin molestar.
En verano, el bosque huele a arándanos y flores. Los niños llenan cestitas con bayas rojas y azules. Se lavan las manos en el arroyo que canta y dejan hojitas navegar como barquitos.
—Shhh —susurra la mamá—. Alguien viene.
Por el borde del claro pasa una niña humana con un cubo. Los niños tomte se esconden bajo un helecho y miran, muy quietos. La humana no los ve; solo oye el zumbido de las abejas. Cuando el bosque vuelve al silencio, los tomte salen despacito.
—Somos muy, muy pequeños —dice el papá—. Es mejor que nadie nos vea.
El otoño pinta el bosque de oro y cobre. Caen piñas y hojas crujientes. La familia recoge setas y nueces para el invierno. La mamá guarda todo en saquitos, y el papá repara los zapatos con corteza de abedul.
Una noche sopla un viento fuerte. Entre las sombras, el zorro de bigotes afilados husmea cerca de la casa.
—Adentro, rápido —dice el papá en voz baja.
Los niños se esconden entre las raíces. El papá toma una piña grande y espinosa y la lanza lejos. ¡Plas! El zorro se asusta con el ruido y el pinchazo, y corre, corre entre los troncos. Todos suspiran aliviados. Al día siguiente, los niños ayudan a una familia de ratones a llevar semillas hasta su nido.
—Gracias, pequeños tomte —chillan los ratoncitos.
Llega el invierno y el bosque queda suave y blanco. Los niños tallan patines de corteza y se deslizan sobre el hielo brillante del charco. Hacen huellitas en la nieve y dejan migas para los pajaritos hambrientos.
—¡Cuidado con el búho! —recuerda el papá.
Cuando oyen un “uuuu”, se esconden bajo un tronco hueco hasta que el cielo vuelve a estar tranquilo. En casa, la mamá enciende una lucecita de resina. Huele a pino y a pan de bayas. El papá cuenta historias de cuando él era un tomte pequeño y escuchaba a los árboles hablar con el viento.
En la noche más larga, la familia prepara un pequeño festín. Ponen nueces, bayas secas y semillas en platos de corteza. Llaman a sus amigos del bosque: las ardillas, los ratones, un erizo curioso que llega con sus púas nevadas. Todos comparten y dan gracias por el refugio y la amistad.
Cuando los días vuelven a alargarse, la primavera asoma otra vez. Las primeras campanillas blancas despiertan al bosque. Los niños tomte ya saben muchos secretos: cómo escuchar a las hormigas, cómo ayudar a los pequeñitos, cómo esconderse cuando hay peligro, y cómo cuidar su hogar.
—El bosque nos cuida si nosotros lo cuidamos —dice la mamá, abrazándolos.
Y así, año tras año, los niños del bosque crecen alegres y atentos, siguiendo los senderos de musgo, con los gorros rojos brillando como bayas entre las sombras verdes.












