Los duendecillos y el zapatero por Hermanos Grimm
Hermanos Grimm
3-6 Años
2 min
Un zapatero pobre recibe ayuda secreta de dos duendecillos veloces. Con gratitud, él y su esposa les preparan ropa diminuta. Descubre cómo la bondad transforma su suerte para siempre.

Los duendecillos y el zapatero

Había una vez un zapatero muy pobre, pero muy trabajador y honrado. Vivía con su esposa en una tiendita pequeña al final de una calle. Cada día arreglaba botas, cortaba cuero y cuidaba sus herramientas. Aunque trabajaba sin descanso, el dinero cada vez alcanzaba menos.

Un día, al contar sus monedas, dijo con tristeza: "Solo me queda cuero para un último par de zapatos". Aun así, no perdió la esperanza. Esa noche dejó el cuero cortado sobre la mesa, listo para coser por la mañana. Susurró una pequeña oración de agradecimiento y se fue a dormir con su esposa.

Cuando salió el sol, el zapatero bajó a la tienda. ¡Qué sorpresa! Sobre la mesa había un par de zapatos terminados. Eran perfectos: puntadas finas, suelas firmes, brillo delicado. El zapatero no lo podía creer. Enseguida entró un cliente, probó los zapatos y pagó muy bien por ellos. Con ese dinero, el zapatero compró cuero para dos pares.

Al caer la tarde, cortó el cuero para los dos pares y lo dejó preparado. Por la mañana, ¡otra sorpresa! Los dos pares estaban listos, más hermosos que los primeros. Llegaron clientes, los compraron con gusto y el zapatero pudo comprar cuero para cuatro pares.

Así pasó noche tras noche. El zapatero cortaba el cuero, dormía, y al amanecer encontraba zapatos impecables. Su tienda comenzó a llenarse de gente. Él y su esposa vivieron mejor, sin lujos, pero sin miedo al mañana. Sin embargo, se preguntaban: "¿Quién nos ayuda en secreto?".

Una noche, cerca de la Navidad, la esposa dijo: "Esta vez no dormiremos. Vamos a ver quién trabaja aquí cuando nadie nos ve". Encendieron una vela pequeñita y se escondieron detrás de una cortina, quietos y atentos.

Cuando el reloj marcó la medianoche, la puerta se abrió sin ruido. Entraron dos duendecillos diminutos, sin ropa y ligeros como el viento. Tenían ojitos brillantes y dedos rápidos. Saltaron a la mesa, tomaron las agujas, el hilo y el cuero, y comenzaron a coser. ¡Qué manos! ¡Qué puntadas! ¡Qué rapidez! Martillaban, estiraban y pulían, canturreando bajito mientras trabajaban. Antes de que la vela se hiciera pequeña, todos los zapatos estaban terminados.

El zapatero y su esposa se miraron con el corazón lleno de gratitud. La esposa dijo en voz baja: "Nuestros pequeños amigos vienen descalzos y sin abrigo. Deben tener frío. Hagámosles un regalo". Esa misma tarde, la esposa cosió camisitas, pantaloncitos, chalecos, chaquetitas y gorritos de lana. El zapatero preparó dos pares de botitas diminutas, suaves y brillantes.

Esa noche no dejaron cuero sobre la mesa. En su lugar, pusieron las ropitas y las botitas, ordenadas con cariño. Luego se escondieron otra vez y esperaron.

A medianoche, los duendecillos entraron de un salto. Vieron los regalos y abrieron sus bocas de alegría. Se vistieron de inmediato: camisita, chaleco, pantalón, chaqueta, gorrito y botitas. ¡Les quedaban perfectos! Entonces dieron palmas y bailaron por la mesa. Cantaron riendo: "¿No estamos guapos y finos? ¿Para qué seguir de zapateros?". Bailaron, dieron vueltas y, felices, salieron por la puerta en la oscuridad.

Desde esa noche, los duendecillos no volvieron. Pero al zapatero ya no le hizo falta. Había aprendido, había recuperado su buen ánimo y su tienda tenía fama por los zapatos honestos y bien hechos. Él y su esposa no olvidaron la ayuda recibida. Siempre que podían, eran amables con los pobres y compartían lo que tenían.

Y así, gracias al misterio de dos pequeños amigos y a un gran corazón agradecido, la tiendita del final de la calle siguió llena de luz, trabajo y alegría.

The End

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