Las monedas de las estrellas por Hermanos Grimm
Hermanos Grimm
3-6 Años
2 min
Una niña lo da todo a quien lo necesita. Cuando la noche llega, el cielo responde con una lluvia de monedas brillantes. Descubre cómo la generosidad puede cambiar un destino entero.

Las monedas de las estrellas

Había una vez una niña que se había quedado sola en el mundo. Era muy, muy pobre. Solo tenía la ropa que llevaba puesta y un pedacito de pan que una persona buena le había regalado. Aun así, la niña era amable y confiaba en que el cielo la cuidaría.

Un día decidió salir al camino. Caminó entre árboles y prados, cantando bajito para darse valor. De pronto, se encontró con un hombre hambriento que le dijo con voz suave:

—Niña, ¿me darías algo de comer?

La niña miró su pan. Era lo único que tenía, pero sonrió y contestó:

—Claro que sí.

Y le dio todo el pan al hombre. Él la bendijo con una sonrisa agradecida, y ella siguió su camino con el corazón calentito.

Más adelante, se cruzó con una niña pequeña que tiritaba de frío.

—Tengo mucho frío en la cabeza —dijo la niña—. ¿Tienes un gorro?

La muchacha se quitó su gorrito y lo puso con cuidado en la cabecita de la niña que temblaba.

—Toma, ahora estarás mejor —dijo, y siguió andando.

Al poco tiempo encontró a otro niño. Éste sujetaba sus hombros porque no tenía chaqueta.

—Se me cuela el viento por todas partes —susurró.

La niña pensó en el aire fresco que soplaba, se quitó su chaquetita y se la dio con dulzura.

—Abrígate bien —le dijo.

El sol empezó a esconderse y el camino se volvió más oscuro. Junto a un arbusto, la niña vio a otra pequeña, con la falda rota.

—Me da vergüenza así —murmuró la pequeña.

La muchacha, sin dudar, se quitó su faldita y se la entregó.

—Ahora podrás caminar tranquila —le dijo con una sonrisa.

Al fin llegó la noche. El bosque susurraba y las primeras estrellas se encendían en el cielo. Entonces, apareció un último niño, más chiquito que los demás. Estaba temblando de arriba abajo.

—No tengo ninguna ropa —dijo el niño, mirando al suelo—. Tengo mucho, mucho frío.

La niña miró su propia ropa. Ya no le quedaba casi nada, solo su camisita fina. Se detuvo un instante, respiró hondo y pensó: “Si yo tuve calor durante el día, ¿por qué no darle un poco de abrigo ahora?” Con cuidado, se quitó su camisita y la puso sobre los hombros del pequeño.

—No tengas miedo —le dijo—. Esta noche dormirás calentito.

Ahora la niña estaba en medio del bosque, sin nada, solo con la noche y las estrellas. Sentía frío, sí, pero también una paz grande, como una manta invisible. Levantó la vista y miró el cielo muy oscuro y muy brillante.

Entonces sucedió algo maravilloso. Las estrellas empezaron a moverse, primero despacito, como si bailaran. Luego cayeron del cielo una tras otra, como una lluvia de luz. Al tocar la tierra, la luz se volvió monedas de plata, limpias y redondas, que tintineaban suavemente a su alrededor. En ese mismo instante, sin saber cómo, la niña se encontró vestida con un vestido nuevo, de lino finísimo, blanco y cálido como un abrazo.

La muchacha juntó las monedas que las estrellas le habían regalado. Ya no volvió a pasar hambre ni frío. Y porque recordaba muy bien lo que era necesitar, usó su tesoro para ayudar a otros: compartió pan, gorros, chaquetas y faldas con quien lo necesitaba.

Y cada noche, cuando el cielo se llenaba de puntos brillantes, la niña miraba hacia arriba y sonreía, agradecida por la luz que había caído sobre ella, como un premio a su corazón generoso.

The End

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