Las hormigas y el saltamontes por Esopo
Esopo
3-6 Años
2 min
Un saltamontes prefiere cantar mientras las hormigas guardan comida. Cuando cae la nieve, descubre por qué planear importa. Una fábula clásica para pensar en tus decisiones y el futuro.

Las hormigas y el saltamontes

Era verano. El sol calentaba los campos, y la hierba era alta y verde. Por los senderos, iba una fila de hormigas pequeñas, muy ordenadas. Caminaban de prisa, cada una cargando un grano, una semilla, un trocito de hoja. Iban y venían, sin parar, guardando comida en su hormiguero.

Cerca de allí, un saltamontes verde saltaba feliz. Cantaba con su voz clara y raspaba su patita como si tocara un violín invisible. ¡Qué música hacía! Estaba tan contento que no pensaba en nada más.

—¡Amigas hormigas! —dijo el saltamontes—. ¿Por qué trabajan tanto? Vengan a cantar conmigo. El día está precioso.

Una hormiga se detuvo, acomodó su grano y respondió con amabilidad:

—Estamos guardando comida para el invierno. Cuando llegue el frío, no habrá hojas, ni semillas, ni bichitos. Si trabajamos ahora, no pasaremos hambre después.

El saltamontes se rió, dando un gran salto.

—¡Ay, el invierno está muy lejos! —dijo—. Hoy hay sol, hay hierba, hay canciones. Yo prefiero cantar.

Las hormigas no se enojaron. Siguieron trabajando, entrando y saliendo del hormiguero, una y otra vez. El saltamontes siguió cantando, y el día pasó ligero como una pluma.

Llegó el otoño. Las hojas se pusieron amarillas y cayeron despacito al suelo. El aire se volvió fresco. Las hormigas, pacientes, guardaron las últimas semillas. El saltamontes todavía cantaba, pero ya no tanto; a veces se detenía a mirar el cielo gris.

Y, por fin, llegó el invierno. La nieve cubrió los campos como una manta blanca. No había flores. No había hierba. El viento soplaba frío, y el saltamontes tiritaba. Buscó comida por todas partes, pero no encontró nada. Su barriguita hacía ruidos de hambre.

Con paso cansado, el saltamontes llegó hasta el hormiguero. Tocó la puerta muy despacito.

—¿Quién llama? —preguntó una hormiga desde adentro.

—Soy yo… el saltamontes —dijo él con voz débil—. Tengo mucha hambre. ¿Podrían darme un poco de comida?

La hormiga abrió un poquito y lo miró con cuidado. Dentro del hormiguero se veía luz, y montoncitos de granos estaban ordenados. Allí adentro hacía calor.

—Dinos, amigo —preguntó la hormiga—, ¿qué hiciste en verano?

—Canté —respondió el saltamontes—. Canté todo el verano.

La hormiga frunció el ceño, pero habló con calma:

—¿Cantaste? Entonces ahora, en invierno… baila.

La hormiga cerró la puerta, y se oyó el murmullo de todas trabajando. El saltamontes se quedó afuera, muy quieto. Entendió, por fin, la lección: el verano no dura para siempre. Es sabio prepararse cuando hay abundancia, para no sufrir cuando llega el frío.

Desde entonces, cada vez que asomaba la primavera, el saltamontes volvía a cantar… pero también guardaba, poquito a poco, lo necesario para el invierno.

The End

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