La zorra y las uvas
Era una tarde calurosa. El sol brillaba y el aire olía a campo. Una zorra caminaba por un sendero, con la barriga haciendo ruidos. Tenía mucha hambre y buscaba algo rico para comer.
De pronto se detuvo. Frente a ella, en una parra alta, colgaba un racimo de uvas moradas. Eran redondas, brillantes y jugosas. La zorra abrió grande los ojos y se relamió los bigotes.
—¡Qué uvas tan deliciosas! —dijo—. Seguro son dulces y frescas. ¡Serán perfectas para mí!
Miró hacia arriba. Las uvas estaban muy, muy altas. La zorra dio un paso atrás, movió la cola, tomó carrerilla y… ¡salto! Estiró las patas, el lomo, el cuello… pero sus garras tocaron solo el aire. Las uvas siguieron colgando, quietas, como si la miraran desde su nido verde.
—Casi, casi —murmuró la zorra, sin rendirse.
Retrocedió un poco más. Corrió con más fuerza y volvió a saltar. Esta vez saltó más alto, pero todavía no alcanzó el racimo. Cayó sobre la tierra, levantando un poquito de polvo. Se sacudió y respiró hondo.
—No pasa nada. Solo un intento más —se dijo.
Buscó una piedra para subirse. Se apoyó en las patas traseras, alargó el cuerpo y estiró el hocico todo lo que pudo. Aun así, las uvas estaban fuera de su alcance. El viento las meció despacito, como si se burlaran.
La zorra probó una y otra vez. Contó los saltos: uno, dos, tres… hasta que el corazón le latía muy rápido. Estaba cansada. Su lengua asomaba, y su panza seguía vacía.
—Esta vez sí —susurró, reuniendo sus últimas fuerzas.
Tomó la carrera más larga de todas y dio el salto más alto que había dado nunca. Voló un segundo en el aire, estiró las patas y… nada. Las uvas seguían allí, brillando al sol, altas y tranquilas.
La zorra se quedó quieta. Miró el racimo. Miró sus patas. Luego levantó la barbilla con orgullo y dijo en voz clara:
—Bah. Esas uvas no me interesan. Seguramente están verdes. Deben de estar agrias.
Y sin mirar atrás, se dio la vuelta y se fue, moviendo la cola como si nunca hubiera querido esas uvas.
Mientras la zorra se alejaba, el viento volvió a mecer la parra. Las uvas siguieron colgando, dulces y moradas, esperando a quien pudiera alcanzarlas.
Moraleja: A veces decimos que no nos gusta lo que no podemos conseguir.






















