La rana saltarina por H.C. Andersen
H.C. Andersen
3-6 Años
2 min
Una pulga, un saltamontes y una rana compiten ante el rey por casarse con la princesa. ¿Gana quien salta más alto o quien cae en el lugar perfecto? ¡Ríe y descubre!

La rana saltarina

Había una vez un rey al que le encantaban los concursos. Un día anunció: “Quien dé el salto más extraordinario se casará con mi hija, la princesa”. A palacio llegaron tres pequeños competidores: una pulga diminuta, un saltamontes verde y una rana redondita y de ojos brillantes.

La pulga llevaba aires de gran señora. “Vivo entre gente muy fina”, decía, “y salto con elegancia”. Era tan chiquitita que casi había que mirarla con lupa. Pero ella estaba segura de que nadie la vencería.

El saltamontes venía del prado. “Yo canto, yo salto, yo conozco el sol y el viento”, decía rascando sus alas. “Cuando salto, todos me miran”. Hizo una reverencia al rey y otra a la princesa, muy orgulloso de su traje verde.

La rana, en cambio, no decía casi nada. “He entrenado en el pozo del jardín”, murmuró, “donde el agua está fría y la piedra es resbalosa”. Tenía las patas fuertes y una sonrisa tranquila. Parecía la más callada, pero observaba todo con ojos atentos.

La corte se reunió en el gran salón. Había trompetas, abanicos y curiosidad. “¡Empiece la pulga!”, ordenó el rey. La pulga se acomodó, respiró hondo y… ¡zas! Saltó tan alto, tan alto, que desapareció de la vista. Nadie la vio subir. Nadie la vio bajar. “¡Qué salto tan limpio!”, gritó la pulga desde algún lugar. Pero los cortesanos se miraron unos a otros.

“Si no lo hemos visto, ¿saltó de verdad?”, murmuraron. El rey se rascó la barba. “Un salto invisible es difícil de juzgar”, dijo con seriedad. La pulga se ofendió un poquito, pero volvió a su sitio con mucho orgullo, segura de que su elegancia hablaba por ella.

“Ahora, el saltamontes”, anunció el heraldo. El saltamontes flexionó sus patas y ¡boing! saltó con gran estilo. Voló por el aire verde y brillante y, ¡plaf!, cayó en el borde de la corona del rey. “¡Vean qué respeto!”, dijo él. “He tocado lo más alto”. Algunos aplaudieron, pero otros susurraron: “¡Ay, qué atrevido, saltar a la cabeza del rey!” El rey, sorprendido, se arregló la corona. “Al menos lo hemos visto”, dijo, conteniendo una sonrisa.

“Le toca a la rana”, dijo el rey. La rana se quedó quieta, muy quieta. Miró a la princesa, que estaba sentada en su trono, con los pies colgando y una risa escondida. Entonces la rana dobló las patas, como si juntara la fuerza del pozo, y ¡chap!—pero sin agua—saltó directo, directo… ¡al regazo de la princesa!

La princesa soltó una carcajada y la abrazó con cuidado para que no se cayera. El salón entero se quedó mudo y luego estalló en exclamaciones. El rey se puso de pie. “Ese salto”, declaró, “ha llegado al lugar más alto y más difícil: el regazo de mi hija. ¡La rana gana!”

La pulga chasqueó la lengua. “En este mundo, lo que importa no es lo alto, sino dónde caes”, dijo, muy sentida, y se fue a vivir con una gran dama, donde siempre había cortinas suaves y alfombras mullidas. Allí contaba su versión: “Yo salté más que todos”. Algunos la creían.

El saltamontes volvió al prado. “Cantaré al sol y al viento”, dijo, y su música llenó los setos. A veces contaba a los insectos: “Yo toqué la corona”. Y todos asentían con respeto.

La rana se casó con la princesa. Le dieron un estanque de mármol en el jardín real y una hoja ancha de lirio por trono. A veces, por las tardes, la princesa la miraba y decía: “Tu salto fue perfecto”. Y la rana sonreía, recordando el pozo frío y la calma antes de saltar.

Y así, en aquel reino, todos aprendieron que algunos saltos se ven, otros no, y que el mejor salto es el que llega justo al lugar al que uno quiere llegar.

The End

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