La princesa y el guisante
Había una vez un príncipe que deseaba casarse con una princesa de verdad. Viajó por montañas, cruzó ríos y visitó muchos reinos. Conoció a princesas amables y princesas muy elegantes, pero siempre había algo que no lo convencía. Tal vez hablaban de manera rara, tal vez no eran sinceras, o tal vez su comportamiento no parecía el de una princesa de verdad. El príncipe volvía a casa triste, porque no quería casarse con una princesa “más o menos”, sino con una princesa auténtica. La reina, su madre, lo escuchaba con paciencia y pensaba: “Ya llegará el día”. Y el tiempo pasó, con fiestas en el castillo y días tranquilos en el jardín, pero el príncipe seguía esperando.
Una noche, estalló una tormenta tremenda. El viento aullaba, la lluvia golpeaba las ventanas y el cielo se abría con relámpagos. De pronto, llamaron a la puerta del castillo. Cuando la abrieron, vieron a una joven empapada de la cabeza a los pies. El agua chorreaba de su vestido y de su pelo. —Soy una princesa —dijo ella—. ¿Podrían darme refugio esta noche? La reina la miró con atención. “¿Princesa de verdad?”, pensó. Era cortés y hablaba con dulzura, pero la reina sabía que las apariencias pueden engañar. Entonces se le ocurrió una idea, una pequeña prueba que nadie notaría… excepto una princesa auténtica.
Esa noche, la reina subió al cuarto de invitados y puso un guisante, un guisante verde y redondito, en el centro de la cama. Luego mandó traer veinte colchones mullidos y, encima, veinte edredones de plumas, hasta que la cama parecía una torre suave y alta. —Aquí dormirás, querida —dijo la reina con una sonrisa amable. La joven subió con cuidado por una escalera y se acurrucó entre las sábanas. Afuera, la lluvia seguía cantando su canción. El castillo quedó en silencio. El príncipe, curioso, se preguntaba si aquella visita sería la respuesta a sus deseos. La reina, satisfecha con su plan, apagó las luces y deseó buenas noches.
A la mañana siguiente, el sol asomó tímido entre las nubes. La reina fue a saludar a la joven. —Espero que hayas dormido bien —dijo. La muchacha suspiró. —Oh, su majestad, no puedo decir que sí. Apenas he pegado ojo. No sé qué había en la cama, pero algo duro me pinchaba todo el tiempo. Estoy tan cansada… y me salieron morados en la espalda. La reina abrió los ojos con sorpresa contenida, y el príncipe sonrió sin poder evitarlo. Nadie, excepto una princesa de verdad, podría sentir un pequeño guisante bajo veinte colchones y veinte edredones de plumas.
Entonces supieron que la joven era, sin duda, una princesa auténtica. El príncipe se alegró tanto que pidió su mano, y ella aceptó con una sonrisa luminosa. Celebraron una boda alegre, con música, flores y risas en el gran salón. ¿Y el guisante? Lo guardaron con cuidado en el museo del palacio, donde todavía puede verse, si no se ha extraviado. Desde entonces, todos en el reino recordaban que lo verdadero se reconoce, aunque sea tan pequeño como un guisante, y que la bondad y la sinceridad brillan más que cualquier corona.






















