La pequeña, pequeña viejecita por Elsa Beskow
Elsa Beskow
3-6 Años
2 min
Una viejecita diminuta, un gato curioso y una jarrita de crema: un pequeño desastre, una gran lección. Descubre cómo un error termina en cariño, risas y un final feliz.

La pequeña, pequeña viejecita

Había una vez una pequeña, pequeña viejecita que vivía en una casita pequeña al borde del bosque. La casita tenía ventanas pequeñas, una puerta pequeña y un jardín pequeño con flores que olían a miel. Con ella vivían una vaca pequeña, de ojos dulces, y un gato pequeño, negro como la noche y con bigotes blancos. Todo era pequeño, pequeño, pero muy ordenado y alegre.

Cada mañana, la pequeña, pequeña viejecita barría su cocina, arreglaba su cama y cantaba una cancioncita mientras encendía el fuego. El gato pequeño se enroscaba junto a la estufa y decía: «Miau, miau», como si también cantara. Cuando el sol subía por encima de los pinos, la viejecita iba al establo a ver a su vaca pequeña.

—Buenas tardes, mi vaca pequeña —decía ella—. Dame un poquito de leche, bien blanca y bien rica.

La vaca movía la cola, asentía con sus grandes ojos tranquilos y daba su leche. La viejecita la colaba con cuidado y, con una cucharita, apartaba un poquito de crema espesa y dulce. La puso en una jarrita pequeña y la dejó sobre la mesa, brillando como una nube. Luego dijo a su gato:

—Gatito pequeño, no toques la crema. Es para más tarde.

El gato pequeño abrió mucho los ojos. «Miau», contestó, y la viejecita sonrió, se puso su pañoleta y salió a traer un poco de leña y agua del pozo.

La cocina quedó muy, muy quieta. Pero la crema olía tan bien… El gato pequeño olisqueó el aire, se estiró, y sus patitas suaves subieron a la silla, y de la silla a la mesa. «Solo un lamidito», pensó. ¡Lam! ¡Lam! Y otro lam… y otro. Cuando la viejecita volvió, la jarrita estaba vacía, vacía, y el gato pequeño tenía los bigotes blancos como la nieve.

—¡Ay, mi crema pequeña! —exclamó la viejecita—. Gatito, ¿has sido tú?

El gato pequeño bajó las orejas y dijo muy bajito: «Miau…». La viejecita frunció el ceño. Estaba triste y un poquito enfadada.

—Eso no se hace, pillín —dijo. Y, sin pensar mucho, ató una cucharita de madera al rabito del gato para que sonara «tin, tin» y le recordara que no debía subir a la mesa.

¡Tin, tin! ¡Tin, tin! El sonido asustó al gato pequeño. Corrió por la cocina, dio vueltas alrededor de la mesa, saltó a la silla y bajó otra vez. ¡Tin, tin! Temblaba tanto que tiró un trapito del respaldo y casi derribó una cestita de ovillos.

Entonces la pequeña, pequeña viejecita se llevó la mano al corazón.

—¡Ay, qué tontería la mía! —dijo—. Gatito, ven aquí. Yo también me equivoqué.

Se arrodilló despacio, habló con voz suave y extendió sus manos calientes. El gato pequeño dudó un momento, luego se acercó. La viejecita le quitó la cucharita, lo acarició detrás de las orejas y lo acunó contra su delantal.

—Perdón, mi gato pequeño —susurró—. Aprenderemos los dos. Yo pondré la crema en alto, y tú esperarás tu platito en el suelo.

El gato pequeño ronroneó «rrrr-rrr» y cerró los ojos contento. La viejecita volvió al establo, pidió a su vaca un poquitito más de leche, y la vaca, generosa, le dio lo justo. La viejecita calentó la leche, sirvió un platito pequeño para el gato y guardó un poquito para ella. Se sentaron juntos junto a la estufa. Afuera, el bosque susurraba; adentro, todo estaba en calma.

Desde entonces, cuando había crema pequeña en la casa pequeña, la viejecita la ponía en una repisa alta, y el gato pequeño se sentaba en el suelo, con las patitas juntas, y esperaba, esperaba. Y siempre, siempre, recibía su platito, porque era un gato pequeño de buen corazón, y la viejecita, una pequeña, pequeña viejecita muy sabia.

The End

Más de Elsa Beskow