La pajita, el carbón y la habichuela
En una casita al borde del bosque vivía una viejecita que iba a cocinar habichuelas para la cena. Vertió un puñado en la mesa, pero una habichuela traviesa saltó, rodó y escapó hacia la puerta.
En el hogar crujía un carbón encendido, orgulloso de su chispa roja. En el suelo descansaba una pajita ligera, barrida hacía poco con la escoba. Cuando la viejecita se dio la vuelta, la habichuela, el carbón y la pajita se encontraron.
—¡No quiero acabar en la olla! —susurró la habichuela.
—¡Ni yo en el fuego! —dijo el carbón, temblando de calor.
—Y a mí no me gusta que me barran sin preguntar —se quejó la pajita.
—Entonces, ¡vámonos! —propuso la habichuela—. Viajemos juntos por el mundo.
A los tres les pareció una gran idea. Salieron despacito, riendo y contándose historias. La pajita iba delante, ligera como una pluma. El carbón, chisporroteando, caminaba con cuidado. La habichuela iba dando saltitos, contenta de ser libre.
Tras un buen rato, llegaron a un arroyito que cantaba entre las piedras. El agua corría fresca y brillante, pero no había puente.
—Yo no sé nadar —dijo la habichuela.
—El agua me apagaría —se asustó el carbón.
La pajita pensó y pensó. Luego se irguió muy derecha.
—¡Yo puedo ayudar! Me acostaré sobre el arroyo. Seré un puente para ustedes.
Con mucho valor, la pajita se tendió de una orilla a la otra, delgadita pero firme.
—Yo cruzo primero —declaró el carbón, dando pasos pequeñitos. Avanzó, avanzó… pero al mirar el agua, le entró miedo.
—¡Ay, si me caigo! —dijo, y se quedó en medio, sin moverse.
El calor del carbón tocó a la pajita. ¡Chisss! La pajita empezó a arder por el centro.
—¡Rápido! —gritó la habichuela.
Pero fue demasiado tarde. La pajita se quemó y se partió en dos. El carbón cayó al agua con un sonido fuerte: ¡Pssss! Y se apagó al instante.
La habichuela, al ver el susto, no pudo evitarlo: se echó a reír. Se rió tanto, pero tanto, que ¡zas!, se abrió por un lado de tanta risa.
En ese momento pasó por allí un sastre con su aguja y su hilo.
—¡Válgame! —dijo—. ¿Quién se ha reído hasta romperse?
El sastre recogió con cuidado a la habichuela, la sentó en una piedra tibia y sacó su carrete de hilo negro.
—No llores, pequeña. Te coseré como nueva —prometió.
Puntada por puntada, la cosió desde arriba hasta abajo. La habichuela se quedó muy quieta, y cuando el sastre terminó, tenía una fina costura negra en un lado.
—¡Gracias! —dijo la habichuela, feliz de estar entera otra vez.
El sastre siguió su camino, la pajita ya era ceniza y el carbón se había ido con el agua. La habichuela, mucho más prudente, buscó un lugar seco y seguro donde vivir.
Y cuentan que, desde aquel día, todas las habichuelas llevan una rayita negra en el costado, para recordar la risa, el puente de pajita y el chisporroteo del carbón.













