La Navidad de Peter y Lotta
Peter y Lotta vivían con tres tías muy queridas: la Tía Verde, la Tía Marrón y la Tía Lila. También estaba el Tío Azul, siempre elegante y amable. Un día empezó a nevar. Los copos caían suaves, y todos dijeron: “¡Pronto será Navidad!”
La casa se llenó de preparativos. Encendieron la primera vela de Adviento. Peter y Lotta hicieron cadenas de papel de colores y colgaron estrellas en las ventanas. En la cocina, amasaron galletas de jengibre con la Tía Marrón. “Uno para ti, uno para mí”, reía Lotta, dejando la mesa cubierta de harina.
—¿Quién trae los regalos en Navidad? —preguntó Peter.
El Tío Azul sonrió.
—Aquí, muchas veces viene la Cabra de Navidad, el Julbock. Llama a la puerta con un saco y reparte presentes.
Peter y Lotta imaginaron una cabra de paja, con grandes cuernos, diciendo “¡buenas noches!” y se sintieron emocionados… y un poquito nerviosos.
Un día salieron con el Tío Azul a comprar el árbol. El mercado estaba blanco y brillante. Eligieron un abeto que olía a bosque. Lo ataron al trineo y volvieron cantando. Un copo se posó en la nariz de Lotta y ella estornudó. “¡Achís!”, y todos rieron.
Llegó la mañana de Santa Lucía. Con mucho cuidado, la Tía Lila ayudó a Lotta a ponerse una corona con velitas. Peter llevó una bandeja con bollitos de azafrán. “¡Luz en la madrugada!”, cantaron. Las tías aplaudieron, orgullosas y felices.
Esa tarde, Peter y Lotta decidieron que ellos también querían dar. Peter dibujó la casa con nieve y un gran árbol. Lotta preparó un paquetito de galletas y una cadena de papel muy larga. También ataron un bonito lazo azul para el bastón del Tío Azul. Los envolvieron con papel y cuerda, en secreto.
—¿Crees que vendrá la Cabra de Navidad? —susurró Lotta.
—Vamos a dejarle algo rico —dijo Peter.
Pusieron, junto a la puerta, una hoja de col y una cuerdita, “por si la cabra necesita tirar del saco”. Las tías sonrieron al ver la col, pero la dejaron allí, por si acaso.
Al fin llegó la Nochebuena. La casa olía a pino y pan caliente. El árbol estaba vestido con manzanas, velitas y pequeñas banderas. De pronto, sonó un golpe en la puerta: toc, toc, toc.
—¿Está aquí la casa de Peter y Lotta? —preguntó una voz grave.
La puerta se abrió y entró la Cabra de Navidad, con cuernos de paja y un gran saco. Peter y Lotta se escondieron tras la cortina y miraron con ojos muy abiertos. La Cabra repartió paquetes a las tías y al Tío Azul, y dejó dos paquetes especiales junto al árbol. Su voz era amable, no daba miedo. Cuando la Cabra se despidió y se fue, Peter y Lotta corrieron a abrir lo suyo: un pequeño trineo brillante para Peter y una muñeca con lazo rojo para Lotta. “Gracias”, dijeron con alegría.
Entonces Peter susurró:
—Ahora nos toca a nosotros.
Se puso un gorro rojo y un saco de yute; Lotta se hizo una cabecita de cabra con una escoba y una cuerda de paja. Tocaron la puerta de la sala.
—¡Cabra de Navidad! —gritó Peter con voz ronca.
Las tías y el Tío Azul se llevaron las manos a la boca, conteniendo la risa.
—¡Adelante, Cabra! —dijo la Tía Verde.
Peter y Lotta entraron muy serios y entregaron sus regalos. La Tía Verde recibió el dibujo de la casa. La Tía Marrón, el paquetito de galletas. La Tía Lila, la cadena de papel. El Tío Azul sonrió al ver el lazo azul para su bastón.
—El mejor regalo es el que se da con cariño —dijo el Tío Azul, con los ojos brillantes.
Encendieron las velas del árbol. Bailaron en corro y cantaron villancicos. Comieron naranjas y más galletas. Peter y Lotta se acurrucaron, cansados y felices. Antes de dormir, miraron la puerta: la hoja de col ya no estaba. Había pequeñas huellas en la nieve. ¿Habían sido los pajaritos… o la Cabra de Navidad?
Peter y Lotta sonrieron. Sabían que la Navidad era luz, canciones y, sobre todo, compartir.












