La Bella y la Bestia
Érase una vez un comerciante rico que tenía seis hijos: tres varones y tres hijas. La menor se llamaba Bella. Era amable, trabajadora y siempre pensaba en los demás. Sus dos hermanas mayores, en cambio, eran vanidosas y solo hablaban de vestidos, joyas y bailes.
Un día, el comerciante perdió su fortuna. Todos tuvieron que mudarse al campo y aprender a vivir con poco. Bella cantaba mientras barría, cocinaba y cuidaba el huerto, y animaba a su padre y a sus hermanos. Sus hermanas, en cambio, se quejaban y soñaban con la vida lujosa que habían perdido.
Pasó un tiempo y llegó una noticia: uno de los barcos del comerciante podría haber regresado con mercancías. El padre viajó a la ciudad con la esperanza de recuperar algo. Antes de irse, preguntó a sus hijas qué querían de regalo si las cosas salían bien. Las hermanas pidieron vestidos finos y collares. Bella dijo con una sonrisa: “Padre, tráigame una rosa”.
El viaje fue en vano. El barco se había perdido y el comerciante, triste, emprendió el regreso. En medio de un bosque, se desató una tormenta. Empapado y helado, vio un castillo resplandeciente. La puerta estaba abierta, la mesa dispuesta y el fuego encendido, aunque no se veía servidor alguno. Comió, se secó y durmió en una cama suave.
A la mañana siguiente, al partir, el comerciante vio un rosal cargado de flores. Recordó el pedido de Bella y cortó una rosa. Entonces se oyó un rugido. Apareció una figura enorme y peluda con ojos tristes: la Bestia. “Te di comida y techo, y me pagas robando mi rosa”, dijo. “Por ese error, morirás… a menos que una de tus hijas venga por voluntad propia a vivir conmigo.” Temblando, el padre rogó perdón. La Bestia le permitió partir con un cofre de regalos para sus hijos, y un caballo que sabía el camino, pero le recordó la promesa.
En casa, el comerciante contó lo ocurrido. Las hermanas culparon a Bella por haber pedido la rosa. Bella puso una mano en el hombro de su padre. “No llore, padre. Yo iré. La Bestia pidió que fuese voluntariamente, y así será. Tal vez no sea tan terrible.” Al día siguiente, montó el caballo encantado y llegó al castillo.
Allí encontró una carta de bienvenida y una mesa preparada para ella. Todo parecía mágico y silencioso. Al caer la noche, la Bestia se presentó. Era espantosa de ver, pero habló con suavidad. “Buena noche, Bella.” Ella respondió con cortesía. “Buena noche, señor.” Cenaron juntos. Al final, la Bestia preguntó: “Bella, ¿quieres casarte conmigo?” Ella se asustó un poco, pero respondió sincera y amable: “No, Bestia. No puedo.” Él suspiró y dijo: “Entonces, buenas noches.” Así fue cada noche: cenas tranquilas, preguntas sencillas, y la misma propuesta a la que Bella respondía con bondad, sin burlas.
Los días en el castillo eran cómodos. Bella tenía vestidos, libros y un jardín donde pasear. Un espejo mágico le mostraba a su familia, y así sabía que estaban bien. A veces soñaba con un joven príncipe que le decía: “No te fíes de las apariencias; el corazón es lo que importa.” Bella se preguntaba quién sería ese príncipe misterioso.
Pasaron meses. Bella comenzó a apreciar a la Bestia. Aunque su aspecto era terrible, él era atento, paciente y nunca la obligaba a nada. Pero un día, el espejo le mostró a su padre enfermo. Bella se entristeció. “Permítame visitar a mi padre”, pidió. La Bestia bajó la cabeza. “Te quiero, Bella, y me dolerá estar solo. Pero no deseo tu tristeza. Ve. Prométeme volver en una semana.” Le dio un anillo encantado. “Colócalo sobre tu mesa cuando desees regresar.” Bella prometió.
En casa, el padre se alegró tanto de verla que pronto recuperó fuerzas. Las hermanas, envidiosas de su belleza y de las finas ropas que traía, fingieron cariño. “Quédate unos días más”, suplicaron, con lágrimas falsas. Bella, que no quería causar dolor, se quedó más de una semana, hasta que una noche soñó que la Bestia yacía en el jardín, pálido y sin fuerzas, junto a un rosal marchito. Despertó con el corazón encogido. “¡He faltado a mi promesa!” Colocó el anillo en la mesa, deseó volver y, en un instante, apareció en el castillo.
Corrió por los pasillos silenciosos y llegó al jardín. Allí estaba la Bestia, medio desmayada, con los ojos cerrados. “¡Bestia! ¡Perdóname! He sido cruel sin querer. No te mueras”, lloró Bella. Él abrió apenas los ojos. “Creí que ya no volverías… y preferí dejarme morir.” Bella lo sostuvo entre sus brazos. “Vuelvo para quedarme. No puedo vivir sin tu amistad y tu bondad. Te quiero como eres. Sí, Bestia, si aún quieres, seré tu esposa.”
En ese instante, el jardín se llenó de luz. La Bestia desapareció de sus manos y, donde había estado, se alzó un joven príncipe, con la misma mirada buena que Bella conocía. Ella retrocedió, sorprendida. “¿Dónde está mi amigo la Bestia?”, murmuró. El príncipe sonrió. “Aquí estoy. Un hada me maldijo por culpa de una promesa rota en mi niñez. Solo el amor de alguien que supiera ver más allá de mi aspecto rompería el hechizo. Tus palabras lo han roto.”
Apareció entonces un hada luminosa. “Bella, tu corazón honesto ha premiado la virtud y castigado el orgullo. Tus hermanas, que te envidiaron, se convertirán en estatuas a la puerta del palacio. Allí aprenderán, viendo tu felicidad, a ser humildes y a alegrarse por el bien ajeno. Cuando cambien de corazón, recuperarán su forma humana.”
El padre de Bella y sus hermanos fueron invitados al palacio. Las estatuas de las hermanas, con expresión sorprendida, guardaban la entrada, y todos comprendieron la lección. Poco después, Bella y el príncipe celebraron su boda. Ella no olvidó jamás la enseñanza del espejo ni de sus sueños: las apariencias engañan, y el verdadero valor vive en el corazón.
Desde entonces, gobernaron con justicia y generosidad. En el jardín, el rosal volvió a florecer, símbolo de la promesa cumplida. Y cada noche, al pasear entre las flores, Bella recordaba con ternura al amigo que le enseñó a ver con los ojos del alma.


