La bella durmiente del bosque por Charles Perrault
Charles Perrault
6-9 Años
4 min
Hadas, un bosque de espinas, un hechizo de cien años y una reina ogresa con planes terribles. La versión de Perrault para niños: valentía, astucia y un despertar que lo cambia todo.

La bella durmiente del bosque

Había una vez un rey y una reina que deseaban con todo el corazón tener un hijo. Esperaron muchos años hasta que, por fin, nació una niña tan hermosa que todo el reino celebró su llegada. Para el gran bautizo, el rey organizó una fiesta espléndida e invitó a siete hadas del reino, pues solo tenía siete platos de oro para ellas. Sin embargo, había un hada muy anciana, tan anciana que todos creían que ya no vivía, y por eso nadie la llamó. Aun así, aquella hada apareció en el castillo, ofendida por no haber sido invitada.

Durante el banquete, una a una, las hadas jóvenes ofrecieron dones a la princesa: gracia, bondad, belleza, talento para la música y la danza, inteligencia y un corazón valiente. Cuando llegó el turno del hada anciana, furiosa, se levantó y dijo con voz temible que, al pincharse con un huso de hilar, la princesa moriría. Todos quedaron petrificados. Pero quedaba un hada que aún no había hablado: la más joven. Había tenido el cuidado de esconderse detrás de un tapiz para usar su don al final y reparar, en lo posible, el mal que se había dicho. Con dulzura, declaró que la princesa no moriría; dormiría profundamente durante cien años, y se despertaría cuando llegara un príncipe lleno de bondad y valor.

El rey, asustado, mandó recoger y quemar todos los husos del reino. Creyó que así su hija estaría a salvo. Pasó el tiempo, y la niña creció feliz, amable y brillante. Al cumplir quince años, un día subió por curiosidad a una torre muy alta del castillo. Allí encontró a una anciana que hilaba. La joven princesa jamás había visto un huso, y la anciana, sin maldad, la invitó a probar. Apenas lo tocó, se pinchó el dedo y cayó dormida al instante, tan plácida como una flor cerrada al anochecer.

Al enterarse, el hada joven regresó volando y, para que la princesa no estuviera sola al despertar, tocó con su varita a todo el castillo: damas y caballeros, cocineros y guardias, caballos y perros, todos se quedaron dormidos en el lugar donde estaban. Para proteger el secreto, alrededor del castillo empezó a crecer un bosque de árboles y espinos tan espeso que ningún curioso pudo entrar. Y así pasaron los años, y luego décadas, y al fin un siglo entero.

Cien años después, un príncipe escuchó la leyenda de una princesa dormida tras un bosque imposible de cruzar. Muchos lo habían intentado, pero las espinas no los dejaban pasar. Aquel príncipe, movido por la esperanza, se acercó al bosque justo en el momento en que el hechizo lo permitía; las ramas se apartaron y los espinos se doblaron como si quisieran dejarle paso. Avanzó sin hacerse daño y entró en el silencioso castillo, donde las chimeneas guardaban brasas que no se consumían y los músicos dormían con sus instrumentos en la mano.

En la torre más alta, el príncipe encontró a la princesa, tan bella como si acabara de quedarse dormida. Se arrodilló a su lado, con respeto y asombro. Y porque era el príncipe anunciado por el hada, el hechizo se cumplió: la princesa abrió los ojos, sonrió y dijo con suavidad que había soñado con él. En ese mismo instante, todo el castillo despertó: los cocineros siguieron su guiso, los guardias retomaron su ronda y los músicos empezaron una alegre melodía, como si el tiempo no hubiera pasado. Aquella noche, con la bendición del hada, el príncipe y la princesa se casaron en secreto en la capilla del castillo.

Durante un tiempo, el príncipe guardó en secreto su matrimonio porque temía a su madre, la reina madre, de sangre de ogresa y con costumbres terribles. Aun así, la felicidad creció: nacieron dos niños, primero una niña llamada Aurora y luego un niño llamado Día. Al cabo de dos años, murió el viejo rey, y el príncipe subió al trono. Entonces presentó a su esposa, la bella durmiente ya despierta, y a sus hijos, y todos en la corte se alegraron… menos la reina madre.

Un día, cuando el nuevo rey tuvo que salir a la guerra, la reina madre quedó como regente. Muy pronto mostró su verdadero carácter. Llamó al cocinero del palacio y le ordenó, en secreto, que preparara a la pequeña Aurora para el almuerzo. El buen cocinero, conmovido, no pudo hacerlo. En lugar de eso, escondió a la niña en su propia casa y sirvió a la reina un tierno cabrito con una salsa muy rica. La reina madre, creyendo haber logrado su propósito, comió sin sospechar.

Poco después, mandó que le sirvieran a Día. El cocinero volvió a desobedecer: ocultó al niño junto a su hermana y llevó a la mesa un cordero bien cocinado. La reina madre quedó satisfecha y no preguntó más. Por último, ordenó algo aún peor: que le sirvieran a la reina. El cocinero, desesperado, confesó que no era capaz de una maldad así. En lugar de obedecer, reunió a la joven reina con sus dos hijos en su casa, y preparó para la mesa de la regente una gran cierva con finas hierbas, diciéndole que era lo que había pedido.

Aquella misma noche, la reina madre oyó risas y susurros que venían de la casa del cocinero. Sospechó la verdad y, furiosa, ordenó preparar un enorme estanque de piedra lleno de criaturas peligrosas del pantano. Quería arrojar allí a la madre y a los niños. Pero en ese momento regresó el rey de la guerra. Al ver el alboroto, preguntó qué ocurría. El cocinero, valiente, confesó todo y mostró al rey a su esposa y a los dos pequeños, vivos y a salvo.

La reina madre quedó al descubierto. Al ver arruinados sus planes, cayó en su propia trampa y desapareció para siempre. El rey abrazó a su familia con lágrimas de alivio. Colmó de honores al buen cocinero por su lealtad y bondad. En palacio hubo una fiesta más hermosa aún que la del bautizo, y el hada joven sonrió desde lejos, contenta de que su don se hubiese cumplido hasta el final. Y así vivieron muchos años, recordando que la paciencia, el valor y la bondad pueden vencer los hechizos más antiguos.

The End

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