El viaje en velero de Hermanito
Era primavera. La nieve se había derretido y el agua corría por las cunetas y los prados. Hermanito miraba el viento jugar con las ramas y susurró: “Quiero navegar”. Su Hermana Mayor sacó el pequeño barquito con vela y sonrió. “Podemos probarlo en el arroyo, pero no te alejes”, dijo.
Pusieron el barquito en el agua clara. La vela, blanca como una nube, se hinchó. El barquito dio una vuelta, otra más, y parecía decir: “¡Vamos, ven!”. Hermana Mayor fue a buscar un pañuelo que el viento se había llevado, y Hermanito se agachó para mirar de cerca. Entonces ocurrió algo muy extraño: el barquito se hizo grande, o quizá él se hizo pequeño. Sin pensarlo, subió a bordo.
“¡A la vela!”, susurró el viento travieso. El barquito avanzó por la cuneta que era un río de primavera. Las ranitas croaban saludos. Los juncos se inclinaban y aplaudían. “Sujeta bien la cuerda”, sopló el viento. Hermanito tomó el timón. Se sintió valiente y ligero.
Pasaron junto al molino. El agua cantaba con fuerza y salpicó la proa. Un patito nadó a su lado y gritó: “¡Buen viaje!”. “Gracias”, dijo Hermanito, y comió un pedacito de pan que llevaba en el bolsillo. El río se hizo lago, muy abierto y plateado.
Sobre el lago, las gaviotas giraban. “Sigue la luz si el cielo se oscurece”, graznó una gaviota, señalando lejos, donde un faro se alzaba como una vela de piedra. Hermanito saludó con la mano. El viento estaba contento y empujaba justo lo necesario.
Pero de pronto llegaron nubes grises. La lluvia cayó como agujitas. El lago se arrugó con olas altas. “¡Agáchate!”, sopló el viento, ahora más fuerte. Hermanito abrazó el mástil. “No me sueltes”, dijo al barquito. El trueno retumbó. La vela crujió, pero no se rompió. “Soy pequeño, pero no tengo miedo”, murmuró con voz temblorosa.
Una luz empezó a guiñar a lo lejos: era el faro, encendiendo su ojo amarillo. Una barca grande salió desde una cala. Un pescador con un perro lanudo levantó una linterna. “¡Por aquí, grumete!”, llamó. El perro ladró alegre. El pescador ató una cuerda al barquito de Hermanito y lo llevó a un rincón tranquilo, detrás de unas rocas. Le puso una manta sobre los hombros y le dio un sorbo de algo calentito. “El viento sólo quería jugar”, dijo el hombre. “Esperaremos a que se calme, y luego te llevará a casa.”
La noche pasó corta, con el faro haciendo tic-tac de luz en el agua. Al amanecer, el cielo estaba lavado y azul. Las gaviotas volvieron a bailar. El viento, ahora suave, silbó: “Es hora de volver”. El pescador desató la cuerda y guiñó un ojo. “Sigue el río, muchacho del velero”.
Hermanito partió de nuevo. Las olas pequeñas decían adiós. El lago volvió a ser río. El molino cantó más bajito. Las ranitas croaron: “¡Ya regresa!”. El barquito conocía el camino. La vela olía a sol.
Cuando llegó al prado, el agua se había calmado. El barquito se hizo pequeño otra vez, o quizá Hermanito volvió a ser grande. Estaba otra vez junto al viejo sauce, con los zapatos mojados y una conchita en la mano. Hermana Mayor corrió hacia él. “¡Hermanito! ¿Dónde estabas?”, preguntó, abrazándolo fuerte. Él sonrió, con ojos brillantes. “Fui de viaje. El viento me enseñó el camino. Un faro me guiñó. Y un pescador me prestó una manta”.
Hermana Mayor arregló la vela, que tenía una arruguita, y escuchó sin interrumpir. Al anochecer, tostaron pan y compartieron silencio, como cuando se guardan tesoros. Antes de dormir, Hermanito puso la conchita en la ventana. “Para acordarme del mar”, dijo. Afuera, el viento susurró, muy bajito, como un amigo que promete: “Otro día, navegaremos de nuevo”.












