El trigo sarraceno por H.C. Andersen
H.C. Andersen
6-9 Años
2 min
Una tormenta se acerca. El viejo sauce aconseja humildad al orgulloso trigo sarraceno. Él desafía al relámpago… hasta que el fuego del cielo le enseña una lección que no olvidará.

El trigo sarraceno

Al borde de un camino, junto a una zanja de agua clara, crecía un viejo sauce. Sus ramas colgaban como dedos verdes que tocaban el espejo del agua. Frente a él se extendían campos de cereales: trigo y centeno, con espigas doradas que se mecían como un mar. Entre ellos, muy tieso y orgulloso, estaba el trigo sarraceno. Sus flores eran blancas y delicadas, y él se miraba en la zanja como si fuera un príncipe con collar de nieve.

Un día el aire se puso pesado y caliente. Las nubes, color de plomo, se levantaron en el horizonte y el viento empezó a correr entre las espigas. El sauce, que conocía el lenguaje del cielo, crujió suavemente y susurró: “Se acerca una tormenta. Doblad la cabeza, cerrad vuestras flores y rezad. Así el rayo os pasará por alto.” El trigo y el centeno inclinaron las espigas y los pequeños tréboles plegaron sus corolas como si fueran manos.

El trigo sarraceno, sin embargo, se rió con un tintineo de flores. “¿Rezar? ¿Inclinarme? ¡De ninguna manera! Mirad qué hermoso soy. Mis flores son tan blancas como las del manzano. No le temo a la nube ni al trueno. Quiero mirar de frente a la tormenta, quiero ver de cerca ese fuego que pinta el cielo. ¿Por qué agachar la frente cuando uno es tan alto y bello?”

El sauce sacudió sus ramas, que casi tocaron el suelo. “Amigo,” dijo con voz grave, “yo he visto muchas tormentas. En mis años jóvenes fui orgulloso; quise enfrentar al viento y perdí ramas y hojas. Aprendí a doblarme para no quebrarme. No mires fijamente al relámpago: hiere los ojos del corazón. Cierra tus flores, humíllate y reza.”

Pero el trigo sarraceno se estiró aún más, terco como un palo. “¡No!” respondió. “No me agacharé por nadie. Quiero mirar dentro de esas nubes negras. Quiero ver cómo nace el relámpago. ¿Qué daño puede hacerme la luz? ¡La belleza no debe esconderse!” Y volvió su corona de flores hacia el cielo que se oscurecía.

Entonces llegó la tormenta. El viento aulló por encima de los campos, la zanja se rizó con ondas, y gruesas gotas de lluvia golpearon la tierra con un tambor profundo. El trueno retumbó, rodando como ruedas gigantes. Una luz blanca y azul rasgó el aire. El sauce dobló todas sus ramas hasta besar la hierba. El trigo y el centeno se inclinaron tan bajo como pudieron. El trigo sarraceno, en cambio, abrió más sus flores y clavó la mirada en el relámpago, que venía y venía, más brillante, más cercano, como ojos de fuego que lo miraban de vuelta.

Cuando la tormenta se cansó y el trueno quedó lejos, el aire olió a tierra mojada y el sol volvió a asomarse. El sauce levantó despacio sus brazos verdes y sacudió las gotas, que parecían perlas. El trigo y el centeno alzaron las espigas, pesadas de lluvia y vida. Pero el trigo sarraceno estaba negro. Sus flores blancas se habían vuelto ceniza, sus tallos, rígidos. Donde antes brillaba vanidad, ahora había silencio.

El sauce, con compasión, dejó caer una rama sobre él. “Vecino,” preguntó, “¿qué te ha ocurrido?” El trigo sarraceno contestó con voz apagada: “No hice caso. No me incliné ni recé. Miré de frente a los relámpagos y vi su brillo, como ojos que queman. Se me acercaron tanto que sentí su fuego por dentro. Creí que mi belleza era suficiente para desafiar al cielo, y ahora estoy vacío y quemado.”

El sauce suspiró, y las hojas murmuraron como un consejo. “No es vergüenza doblarse cuando llega la tormenta,” dijo. “Quien se humilla en el peligro se salva. El orgullo hace rígido el tallo, y lo rígido se quiebra.” Desde entonces, cuando el cielo se oscurecía, todos en el campo recordaban la lección del trigo sarraceno: en tiempos de trueno, más vale inclinar la cabeza, guardar el corazón y rezar, que mirar con soberbia la luz que cae del cielo.

The End

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