El topo y su madre
En una madriguera profunda y blandita, bajo la tierra fresca, vivía un topito junto a su madre. Les encantaba excavar túneles y escuchar los sonidos suaves del suelo. El topito era curioso y hablaba sin parar. Quería aprenderlo todo, y a veces quería aprenderlo todo ya.
Un día, muy orgulloso, el topito exclamó: —¡Mamá, ya puedo ver! Puedo ver como los animales que viven sobre la hierba. Puedo ver piedras, hojas y todo lo que pongas delante de mí.
La madre topo, que era paciente y sabia, sonrió con cariño. No quería reñirlo; quería enseñarle. Así que pensó en una prueba sencilla. Cerca de la entrada de la madriguera, colocó con cuidado un trocito de incienso, una resina con un olor fuerte y dulce.
Luego llamó al pequeño: —Ven, hijito. Dime, ¿qué es esto que he puesto aquí? No lo toques mucho; solo dime lo que es.
El topito olfateó un poquito y palmeó la tierra con sus patitas. Pero, como quería demostrar que podía ver, respondió seguro: —¡Es una piedrita, mamá! Una piedrita lisa, ¿verdad?
La madre negó con la cabeza y le dijo suavemente: —Mi pequeño, no solo no ves; tampoco estás oliendo. Lo que puse no es una piedra. Es incienso, y su perfume llena la madriguera. Si no puedes reconocer un olor tan claro, ¿cómo puedes decir que ves lo que hay?
El topito bajó el hocico, un poco avergonzado. Se quedó callado, escuchando el silencio de la tierra y el latido tranquilo de su propia respiración. —Yo… creí que podía —susurró—. Quería ser como los demás.
La madre le acarició el lomo con ternura. —No hace falta ser como los demás, hijo. Cada uno tiene sus dones. Los topos no vemos como otros animales, pero podemos oler muy bien y sentir con nuestro tacto finísimo, si prestamos atención. Y, sobre todo, decimos la verdad.
El topito respiró hondo. Esta vez, se tomó su tiempo para oler. Notó el aroma dulce que antes había ignorado. —Huele… rico, como a madera dulce —dijo—. Gracias por enseñarme, mamá.
—Eso es aprender —respondió la madre—: reconocer lo que no sabemos y no presumir de lo que no tenemos. Cuando somos sinceros, crecemos por dentro.
Y así, en su madriguera tibia, el topito aprendió una gran lección que nunca olvidó.
Moraleja: Quien presume de lo que no tiene, pronto queda en evidencia; mejor ser sincero y humilde.






















