El tesoro del señor Arne por Selma Lagerlöf
Selma Lagerlöf
6-9 Años
4 min
En un invierno helado, Elsalill descubre que su amado esconde un terrible secreto. Entre fantasmas, monedas robadas y hielo que cruje, deberá elegir entre el amor y la justicia.

El tesoro del señor Arne

Hace mucho tiempo, en un invierno muy frío de Bohuslän, el mar se había vuelto una llanura de hielo y la nieve crujía bajo los pasos. En una casa grande junto a la iglesia vivía el señor Arne, un pastor bondadoso que guardaba un cofre de hierro con monedas para ayudar a su gente en tiempos difíciles. Todos lo respetaban por su sabiduría y su generosidad.

Aquella misma temporada llegaron a la costa tres soldados escoceses que habían escapado de una fortaleza en Marstrand. Tenían hambre, frío y el corazón endurecido por la guerra. Soñaban con regresar a su tierra, pero necesitaban dinero para pagar un barco. Al oír hablar del cofre del señor Arne, dejaron que la ambición guiara sus pasos hacia la casa en la noche más oscura.

El viento aullaba como un lobo cuando los escoceses forzaron la puerta. La casa despertó con gritos y carreras. Fue una noche terrible y silenciosa a la vez, como si la nieve apagara los sonidos. Cuando amaneció, el cofre de hierro había desaparecido y el señor Arne y su familia ya no estaban. Sólo una muchacha se salvó, porque se escondió en la bodega entre barriles: se llamaba Elsalill. Temblando, con los ojos llenos de lágrimas, fue recogida por una familia de pescadores de Marstrand, que la cuidó como a una hija.

El hielo seguía cubriendo el mar cuando un joven extranjero empezó a pasear por el puerto. Iba bien vestido, hablaba con acento y tenía una mirada cansada y triste. Se llamaba Sir Archie y decía esperar el barco que lo llevaría lejos, de vuelta a su país. Cuando Elsalill lo vio por primera vez, no pensó en el miedo ni en la noche oscura. Pensó que era alguien bueno, perdido en un lugar extraño. Él la saludó con respeto, y pronto comenzaron a conversar en los atardeceres, entre redes y barcas quietas.

—Eres valiente, Elsalill —le dijo un día Sir Archie—. En tus ojos hay invierno y también primavera.

Ella sonrió por primera vez en mucho tiempo. Y sin saber por qué, su corazón se inclinó hacia él.

Pero la nieve guarda secretos. Algunas noches, cuando Elsalill volvía a casa, el aire se ponía helado de repente. Entonces veía, por un instante, a una joven pálida caminando a su lado, tan ligera como el humo. Era el espíritu de una de las muchachas de la casa del señor Arne, una hermana del corazón para Elsalill. El espectro no hablaba con palabras, pero su mirada parecía decir: “Recuerda. Busca la verdad”. Cada vez que aparecía, Elsalill sentía que el suelo de hielo bajo sus pies se volvía más delgado.

Un atardecer, Sir Archie y sus dos compañeros entraron en la taberna del puerto. Elsalill, que llevaba pan para su familia, pasó cerca. Vio entonces una moneda brillar en la mano de Sir Archie, una moneda antigua con un dibujo que ella conocía bien: había visto muchas iguales en el cofre de hierro del señor Arne cuando ayudaba a contar las limosnas. El corazón le dio un salto, y de pronto recordó el viento aullante, la puerta forzada, la noche que se cerraba.

Esa noche, al salir la luna, el espíritu volvió a su lado. Su presencia era fría, pero su intención era buena. Elsalill entendió: había amado a quien no debía. Y la verdad, por pesada que fuera, debía ser dicha.

Al día siguiente, con paso tembloroso, fue a la fortaleza a ver al gobernador. Contó lo que había visto y lo que sospechaba: que los extranjeros que esperaban barco eran los mismos que habían robado el cofre y destruido la casa del señor Arne. El gobernador la escuchó con seriedad y ordenó a sus hombres vigilar el puerto. “Cuando el mar se lo permita, partirán. No los dejaremos escapar”, dijo.

De vuelta al muelle, Elsalill se encontró con Sir Archie. Él notó su tristeza.

—¿Qué nube ha pasado por tu rostro? —preguntó.

—La nube de la verdad —respondió ella—. Anoche vi una moneda. Y he recordado cosas que el hielo no pudo guardar para siempre.

Sir Archie, al oírla, bajó la cabeza. Su voz, cuando habló, era como una rama que se quiebra con el peso de la nieve.

—Fue una noche de hambre y miedo. Lo hicimos, Elsalill. No lo puedo negar. He llevado esa culpa como piedras en el pecho. Quise irme lejos, olvidar, empezar de nuevo… pero el camino del mar no limpia los pasos de la tierra.

—La justicia debe venir —dijo Elsalill, con los ojos llenos de lágrimas—. Y yo no puedo callar.

Las campanas de la tarde sonaron. El hielo crujió en el puerto como si despertara. Los compañeros de Sir Archie, al darse cuenta de que corrían peligro, corrieron hacia el mar helado, buscando una embarcación que los esperaría más allá de la costa. Sir Archie miró a Elsalill con desesperación.

—Ven conmigo. Te llevaré a un lugar donde el invierno no duela tanto —suplicó.

—No puedo —dijo ella—. Mi lealtad es con los que ya no están y con la verdad que me acompaña.

Los soldados del gobernador aparecieron con antorchas. Los escoceses echaron a correr sobre el hielo. Elsalill, temiendo que escaparan, se lanzó tras ellos, llamando a los guardias para guiarlos. El frío haría crujir cualquier corazón, pero el de ella estaba firme.

Sir Archie la alcanzó en la llanura blanca. El mundo parecía hecho sólo de nieve y de luna. A lo lejos, el barco esperaba como una sombra. Bajo sus pies, el hielo cantaba un canto peligroso.

—No des un paso más —dijo Sir Archie—. No quiero que el mar te haga daño.

—No quiero que nadie más sufra por lo que se hizo —respondió Elsalill.

Entonces, con un gemido profundo, el hielo se abrió. Una grieta negra como la noche cortó el camino. Elsalill resbaló y cayó, y el agua helada la abrazó. Sir Archie, sin pensarlo, se lanzó para alcanzarla. Los soldados corrieron, pero el mar, que todo lo recuerda, los tomó a ambos con un silencio pesado. Las antorchas chisporrotearon, y la grieta se cerró poco a poco, como si el invierno quisiera tapar la historia.

Los otros dos escoceses fueron detenidos antes de llegar al barco. El cofre de hierro, pesado como la culpa, fue recuperado del escondite donde lo habían llevado. Volvió a la iglesia del señor Arne, y las monedas, que una vez soñaron con comprar la huida, se convirtieron en ayuda para los pobres y en luz para los que rezaban.

Desde entonces, cuando el mar de Bohuslän se congela y las noches se vuelven muy claras, algunos dicen ver a una joven caminar sin huellas junto al puerto. No asusta: guía. Es Elsalill, que encontró paz llevando de regreso el tesoro y la verdad. Y así, en el pueblo, la gente recuerda que el amor verdadero no es cerrar los ojos, sino abrirlos, incluso cuando el invierno duele.

The End

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