El príncipe rana por Hermanos Grimm
Hermanos Grimm
6-9 Años
4 min
Una princesa pierde su pelota de oro y conoce a una rana con un gran secreto. Una promesa, un hechizo y tres cracs de hierro cambian su destino. ¿Te atreves a descubrirlo?

El príncipe rana

Había una vez un reino rodeado de bosques verdes y ríos claros. En el jardín del palacio, bajo la sombra de un gran tilo, había un pozo profundo de agua fresca. A la princesa le encantaba jugar allí con su juguete favorito: una brillante pelota de oro. La lanzaba al aire y la atrapaba, una y otra vez, riendo al sol.

Un día, la pelota rebotó mal y, ¡plop!, cayó dentro del pozo. La princesa se asomó. El agua era tan honda que no alcanzaba a ver el fondo. Se sentó en la orilla y comenzó a llorar desconsolada.

Entonces oyó una voz grave, húmeda y educada: —¿Por qué lloras, princesa? Tus lágrimas casi salpican mi nariz.

Miró alrededor y vio, sentado en una hoja grande, a una rana verde con ojos redondos como cuentas. —Mi pelota de oro se ha caído al pozo —dijo sollozando—. Es mi juguete preferido. No puedo vivir sin ella.

—Puedo traértela —croó la rana—, pero, si lo hago, quiero que seas mi amiga. Quiero sentarme a tu lado en la mesa, comer de tu platillo, beber de tu copa y dormir en tu cama.

La princesa, desesperada, intentó ofrecer otra cosa: —Te daré mis perlas, mi vestido de encaje, incluso mi corona.

La rana meneó la cabeza: —No quiero tus joyas, quiero tu compañía y tu palabra.

La princesa pensó: “Es solo una rana; en cuanto me devuelva la pelota, se quedará en su agua”. Y dijo en voz alta: —Te lo prometo.

La rana se zambulló. El agua hizo círculos y burbujas. Al poco, emergió con la pelota reluciente empujándola hacia la orilla. La princesa la tomó, se levantó de un salto y, sin mirar atrás, corrió al palacio. Tras ella resonó la voz húmeda: —¡Princesa, espera! ¡Llévame contigo, como prometiste! Pero ella fingió no oír.

Esa noche, cuando la princesa cenaba con el rey y sus hermanas, se escuchó un golpecito en la puerta, seguido de un sonido mojado: ploc, ploc, ploc, como saltos en piedra. Luego una voz: —Princesa, la menor, ábreme la puerta. Recuerda lo que me prometiste junto al pozo profundo, bajo la sombra del tilo.

La princesa se puso roja. El rey notó su inquietud. —Hija mía, ¿qué sucede?

Ella contó todo, muy avergonzada. El rey la miró con seriedad y bondad a la vez. —Lo que uno promete, debe cumplirlo. Abre la puerta.

La princesa abrió y allí estaba la rana, brillante por el agua. Sin pedir permiso, la rana saltó hasta el comedor. —Súbeme a tu silla —dijo—. Quiero estar a tu lado. La princesa dudó, pero la voz del rey sonó firme: —Cumple tu palabra. Con gesto tenso, lo levantó con dos dedos y lo puso en la silla. La rana pidió su plato, y ella, conteniendo el asco, colocó un pequeño platillo. El animal comió del suyo y del de ella, como había pedido, y bebió de su copa con un pequeño “glu-glu” que hizo reír bajito a una de las hermanas.

Cuando terminó la cena, la rana dijo: —Estoy cansado. Llévame a tu habitación. Quiero dormir en tu cama, como prometiste. La princesa sintió un nudo en el estómago. Le parecía imposible. Miró al rey. —Hija —dijo él—, tu palabra es tu honra.

Ella tomó a la rana, con pasos lentos, y subió las escaleras. En su cuarto, la rana la miró con ojos redondos y dijo suavemente: —Ponme en tu cama. Al oír eso, la princesa, frustrada y asustada, perdió la paciencia. —¡Eres una rana! —exclamó. Y, de puro disgusto y rabia, lo tomó y lo lanzó contra la pared.

En ese mismo instante, no se oyó un golpe seco, sino un sonido como de campana lejana. La rana no cayó al suelo. En el aire, ante los ojos asombrados de la princesa, la piel verde pareció desplegarse como una capa, y, en lugar del animal, apareció un joven príncipe, hermoso y pálido, con cabellos oscuros y ojos brillantes.

El príncipe hizo una reverencia. —No temas —dijo con voz clara—. No me has hecho daño. Una bruja malvada me hechizó y me convirtió en rana. Solo podía recobrar mi forma cuando una princesa me permitiera comer de su plato y dormir en su cama, aceptándome como compañero, aunque me viera tal como era. Tu promesa y tu valentía han roto el hechizo, y también tu enojo, que me arrancó del último hilo de la maldición.

La princesa, sorprendida y aliviada, bajó la mirada. —Fui egoísta y tuve miedo —confesó—. Perdóname. El príncipe sonrió. —Ya está hecho. Tu verdad vale tanto como tu promesa. Hablaron hasta que las velas se consumieron, y el castillo, que parecía más grande de noche, se volvió cálido con sus voces.

Al amanecer, se oyó el rodar de ruedas y relinchos en el patio. En la puerta esperaba un carruaje dorado, tirado por ocho caballos blancos con plumas en las cabezas y cadenas de oro en los arneses. El cochero era un hombre de ojos leales llamado Enrique el Fiel. Cuando vio al príncipe, lanzó un suspiro tan hondo que algo sonó como un crac.

La princesa miró alrededor, alarmada. —¿Qué ha sido eso?

—Oh, mi señora —dijo Enrique sonriendo—. No es el carruaje. En el tiempo que mi señor vivió como rana, tuve tanto dolor que mandé ajustar tres aros de hierro alrededor de mi corazón, para que no se rompiera de tristeza. Hoy, de pura alegría, se rompen solos.

Subieron al carruaje. Mientras avanzaban por el bosque, se oyó otro crac, y luego otro, como si tres nueces invisibles se partieran. Cada vez, Enrique reía de gozo y el príncipe le daba palmadas en el hombro. La princesa, mirando por la ventana, pensó en el pozo, en el tilo y en la palabra dada.

Juntos viajaron al reino del príncipe. Allí celebraron una gran fiesta, con música, pan dulce y risas. La princesa aprendió a mirar con el corazón y a sostener su promesa incluso cuando era difícil. Y el príncipe, que conocía el valor de la paciencia y la esperanza, gobernó con justicia.

Y si alguna vez pasáis por un bosque y oís ploc, ploc, recordad que a veces, bajo la forma más inesperada, se esconde alguien que merece ser visto tal como es. Y que una palabra cumplida tiene la magia más fuerte de todas.

The End

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