El pescador y el pececito por Esopo
Esopo
3-6 Años
2 min
Un pescador atrapa a un pececito que suplica volver al agua. ¿Aceptar lo pequeño y seguro o apostar por lo incierto? Una fábula corta con una lección clara y memorable.

El pescador y el pececito

Al amanecer, cuando el cielo estaba rosado y el agua brillaba como un espejo, un pescador caminó hasta la orilla del río. Llevaba una red, una cesta y muchas ganas de llevar comida a casa. El río cantaba con burbujas y olitas pequeñas.

El pescador miró el agua, respiró profundo y lanzó su red con cuidado. La red se abrió como una rueda en el aire y cayó con un chapuzón suave. Esperó un ratito, con paciencia, escuchando el viento entre los árboles.

Cuando tiró de la red, sintió un tironcito. No era grande. Dentro, saltaba un pececito brillante, de escamas plateadas. Era muy pequeño, tan pequeño que cabía en la mano del pescador. El hombre sonrió un poco y dijo en voz baja:

—No es grande, pero servirá para la cena.

Entonces ocurrió algo sorprendente. El pececito parpadeó, movió su cola y habló con una voz finita como un silbido de agua:

—Por favor, pescador, devuélveme al río. Soy muy pequeño ahora. Si me dejas crecer, algún día seré un pez grande. Entonces podrás atraparme y te daré mucha más comida.

El pescador se quedó pensativo. Miró el río que corría, miró al pececito y miró su cesta vacía. El pececito siguió suplicando:

—Ahora casi no tengo carne. Si me sueltas hoy, regresaré cuando sea grande, te lo prometo.

El pescador frunció el ceño y se rascó la barba. Había trabajado desde la madrugada y tenía hambre. Por fin, habló con voz tranquila, pero firme:

—Pequeño amigo, no sé si te volveré a ver. Tal vez el río te lleve lejos. Tal vez otro pescador te atrape. Tal vez te olvides de mí. Hoy te tengo aquí, en mi mano. Es mejor algo pequeño y seguro que algo grande que quizá nunca llegue.

El pececito agitó su cola, haciendo destellos de plata en la luz. Parecía triste, pero no dijo nada más. El pescador colocó con cuidado al pececito en su cesta, recogió su red y emprendió el camino de regreso, paso a paso, por la orilla húmeda.

Mientras caminaba, el río siguió cantando y el sol subió un poco más. El pescador pensó en su familia y en la comida de esa noche. No era un gran banquete, pero era real, y lo real, aunque pequeño, puede ser suficiente.

Y así terminó la mañana: con un pescador que eligió lo seguro y un pececito que enseñó, sin querer, una lección sencilla.

Moraleja: Más vale algo pequeño y seguro que una promesa grande y dudosa.

The End

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