El pequeño hombre de jengibre
En una casita junto al camino vivían una viejecita y un viejecito. Un día, la viejecita decidió hornear algo especial. Mezcló harina, azúcar, mantequilla y un toque de jengibre. Amasó con cariño y dio forma a un hombrecito: dos pasas por ojos, un botón rojo en el pecho, y una sonrisa de azúcar. Lo puso en la bandeja y lo metió en el horno.
Cuando el aroma llenó la cocina, la viejecita abrió la puerta del horno para ver si estaba listo. ¡Entonces el pequeño hombre de jengibre saltó de la bandeja! Cayó al suelo, dio un brinco hasta el alféizar y corrió hacia la puerta abierta.
—¡Detente! —gritó la viejecita, agarrando el rodillo.
Pero el hombrecito ya estaba en el camino, y cantó:
—¡Corre, corre, tan rápido como puedas! ¡No me atraparás; soy el hombrecito de jengibre!
El viejecito, que estaba arreglando la cerca, lo vio pasar y salió corriendo también.
—¡Atrápenlo! —gritó—. ¡Se nos va el dulce!
Pero el hombrecito de jengibre miró hacia atrás y volvió a cantar:
—¡Corre, corre, tan rápido como puedas! ¡No me atraparás; soy el hombrecito de jengibre!
Más adelante, un cerdo olfateó el aire. Olía a especias y azúcar. El cerdo gruñó y se lanzó tras él.
—¡Alto! ¡Te voy a comer! —dijo el cerdo.
—¡No, no! —rio el hombrecito—. Ya me persiguen la viejecita y el viejecito, y ahora tú, cerdito. Pero no me atraparás.
Y cantó otra vez:
—¡Corre, corre, tan rápido como puedas! ¡No me atraparás; soy el hombrecito de jengibre!
Una vaca que pastaba levantó la cabeza.
—¡Muuu! ¡Qué bocadito tan crujiente! —dijo, y se unió a la carrera.
El hombrecito la saludó con una inclinación y siguió corriendo, ligero como una galleta al viento.
—¡Corre, corre, tan rápido como puedas! ¡No me atraparás; soy el hombrecito de jengibre!
Un caballo que trotaba por el camino oyó el alboroto, relinchó y también corrió tras él.
—¡Ji, ji! ¡Te atraparé en un suspiro! —dijo el caballo.
—Me persiguen la viejecita, el viejecito, el cerdo y la vaca, y ahora tú, caballo —cantó el hombrecito—. Pero ninguno me atrapará.
—¡Corre, corre, tan rápido como puedas! ¡No me atraparás; soy el hombrecito de jengibre!
Al pasar por el campo, los segadores dejaron sus hoces y los molinos su zumbido. Todos corrieron detrás, levantando polvo.
—¡Detente, pequeño! —gritaban—. ¡Solo queremos probarte!
Pero el hombrecito de jengibre se reía, ligero y valiente, y repetía su canción mientras corría:
—¡Corre, corre, tan rápido como puedas! ¡No me atraparás; soy el hombrecito de jengibre!
Pronto llegó a un río ancho y brillante. El agua corría fresca, pero él no sabía nadar. Miró atrás: la viejecita, el viejecito, el cerdo, la vaca, el caballo y los segadores se acercaban. El hombrecito se quedó quieto, indeciso.
Entonces, de entre los juncos, apareció un zorro de ojos astutos.
—Buenos días, hombrecito de jengibre —dijo con voz suave—. ¿Necesitas cruzar el río?
—Sí —respondió el hombrecito—, pero no puedo mojarme.
—Súbete a mi cola —ofreció el zorro—. Yo nado muy bien.
El hombrecito de jengibre saltó a la cola del zorro, y este entró en el agua. Pronto el agua subió.
—Mi cola se está hundiendo —dijo el zorro—. Súbete a mi lomo.
El hombrecito obedeció. El zorro nadó un poco más y dijo:
—El agua está alta. Mejor súbete a mi cabeza.
El hombrecito se colocó sobre la cabeza del zorro. Ya casi llegaban a la otra orilla.
—Ah, ah —susurró el zorro—. El agua es muy profunda. Súbete a la punta de mi nariz, y estarás a salvo.
El hombrecito de jengibre dio un último saltito hacia la nariz brillante del zorro. Entonces, ¡zas! El zorro lanzó la cabeza hacia arriba, abrió la boca y, de un bocado, se lo comió.
Y así terminó la carrera. La viejecita y el viejecito llegaron a la orilla y miraron el río que seguía brillando. El zorro, satisfecho, desapareció entre los juncos. Y el pequeño hombre de jengibre no volvió a cantar más.


