El patito feo
En un patio junto a una laguna, una pata calentaba sus huevos. Esperaba y esperaba. Todos eran redondos y bonitos, pero había uno más grande que los demás. Al fin, los huevos comenzaron a romperse.
—¡Cuac, cuac! —llamó la mamá—. ¡Salgan, mis patitos!
Salieron patitos amarillos, suaves y alegres. Solo faltaba el huevo grande. Tardó un poco más, y de pronto se abrió. De él salió un patito grande, gris y desgarbado.
—¡Qué patito tan raro! —dijo un pato gruñón.
—No es raro, es mío —respondió la mamá, orgullosa.
Todos fueron al agua, y el patito gris nadó mejor que nadie. Pero en el corral, las gallinas lo picoteaban y los patos se burlaban.
—¡Eres feo! ¡Eres diferente! —le decían.
La mamá lo defendía, pero el patito se sentía triste. Una mañana decidió irse. Caminó y caminó, y llegó a un juncal donde vivían patos silvestres.
—Puedes quedarte si no molestas —le dijeron.
De pronto, se oyeron ruidos fuertes: ¡pum, pum! Eran cazadores. Los perros corrían entre los juncos. El patito se escondió, temblando. Los perros pasaron de largo y no lo miraron. Cuando todo quedó en silencio, el patito siguió su camino.
Encontró una casita pequeña. Allí vivían una viejecita, una gallina y un gato.
—Aquí estarás bien —dijo la viejecita—. Si sabes comportarte, te daremos comida.
La gallina cacareó:
—¿Pones huevos?
—No —contestó el patito.
El gato maulló, muy serio:
—¿Sabes ronronear y arquear la espalda?
—No —dijo el patito.
—Entonces no sirves para mucho —dijeron los dos.
—Pero yo sé nadar en el lago y jugar con el agua —respondió el patito.
—Eso es cosa rara —se burlaron.
El patito sintió otra vez que no encajaba y se fue. El otoño llegó. Las hojas se volvieron doradas y rojas. Un día, vio pasar por el cielo unos pájaros blancos, grandes y elegantes. Tenían cuellos largos y alas fuertes.
—¡Qué hermosos son! —pensó, con el corazón lleno de admiración.
Luego llegó el invierno. La laguna se hizo hielo. El patito tenía frío, hambre y sueño. Una mañana, se quedó atrapado entre el hielo. Un campesino lo vio, lo liberó con cuidado y lo llevó a su cocina.
—Te pondrás bien aquí —dijo.
Los niños querían jugar con él, pero el patito se asustó. Saltó, derramó leche, batió las alas y escapó por la puerta. Pasó el resto del invierno escondido, esperando el sol.
Al fin, la primavera volvió. El hielo se derritió, el pasto se puso verde y las flores se abrieron. El patito fue a la laguna. El agua estaba clara como un espejo.
Cerca de allí nadaban tres cisnes blancos. El patito sintió un latido fuerte en el pecho.
—Me acercaré —pensó—. Si me pican, que me piquen. Estoy cansado de estar solo.
Deslizó su cuerpo hacia ellos. Los cisnes lo miraron con calma. El patito inclinó la cabeza para prepararse y, al hacerlo, vio su reflejo en el agua. Ya no era gris ni desgarbado. Era un cisne joven, blanco y elegante.
Los cisnes inclinaron sus cuellos y lo saludaron como a un amigo. En la orilla, unos niños aplaudieron.
—¡Miren, el más hermoso de todos! —gritaron.
El patito—el nuevo cisne—se sintió lleno de alegría. Estiró el cuello y dejó que el sol calentara sus plumas. Recordó los días de burlas y frío, pero ya no dolían. Ahora sabía quién era y dónde pertenecía.
Y desde entonces, nadó feliz con los cisnes, sin que nadie volviera a llamarlo feo.






















