El oso y las abejas por Esopo
Esopo
3-6 Años
2 min
Un oso goloso prueba miel, una sola abeja lo pica y, furioso, golpea la colmena. Pronto lo persigue un enjambre. Descubre que controlar la ira evita cientos de problemas zumbones.

El oso y las abejas

Era un día tibio en el bosque. El sol calentaba las hojas y el aire olía a flores. Un oso grande y pardo caminaba despacito, olfateando aquí y allá. Le encantaba la miel. Era dulce, dorada y pegajosa, y al oso se le hacía agua la boca solo de pensar en ella.

Pronto encontró un tronco hueco. De adentro salía un zumbido suave: bzz, bzz, bzz. —Mmm… —murmuró el oso—. ¡Miel! Miró a un lado y al otro. La mayoría de las abejas estaban lejos, trabajando entre las flores. Con mucho cuidado, metió su pata peluda en el tronco, sacó un poco de miel y la lamió. ¡Qué rico! Sus ojos brillaron y volvió a meter la pata para sacar un poco más.

En ese momento, regresó una abejita. Era pequeña, pero valiente. Vio al oso con el hocico pegajoso y la colmena golpeada. —¡Bzz! ¡Aléjate! —parecía decir. El oso no se movió. Entonces la abejita dio una vuelta en el aire y, ¡zas!, lo picó en la nariz.

—¡Ay! —rugió el oso, enfadado—. ¡Maldita picadura! Olvidó que la abejita era solo una, y que en la colmena vivían muchas más. Lleno de rabia, levantó su gran pata y golpeó el tronco con fuerza.

El tronco tembló. De la colmena salieron docenas, y luego cientos de abejas. El aire se llenó de zumbidos. —¡Bzz, bzz, bzz! —cantaban, rodeando al oso por todos lados. El oso empezó a manotear. Pero cuantas más veces golpeaba el aire, más abejas había a su alrededor. Le picaron las orejas, el lomo y el hocico. —¡Ay, ay, ay! —gritó. Corrió por la colina, tropezó con una piedra y siguió corriendo hasta encontrar un estanque. ¡Chap! Se lanzó al agua y se quedó allí, con solo la nariz afuera para respirar. Las abejas, al ver que no podían picarlo más, poco a poco se fueron volando de regreso al tronco.

Cuando el zumbido se alejó, el oso salió del agua. Chorreaba y estaba lleno de puntitos rojos. Se sentó en la orilla y respiró hondo. —Si me hubiera ido cuando me picó una sola abejita —pensó—, ahora no tendría tantas picaduras. Cerró los ojos, contó despacio hasta diez y se calmó. Luego, con pasitos tranquilos, se marchó del estanque, decidido a recordar la lección.

Desde entonces, cada vez que algo le molestaba un poquito, el oso respiraba, contaba y se alejaba. Porque aprendió que es mejor soportar un pequeño pinchazo y guardar la calma, que enfadarse y atraer un enjambre de problemas.

The End

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