El murciélago y las comadrejas
En una granja tranquila, un pequeño murciélago dormía colgado del techo del granero. Le gustaba el silencio de la tarde. Cerraba los ojos, se abrazaba con sus alas y se quedaba muy quieto. Pero, de pronto, sopló un viento fuerte. El murciélago se soltó sin querer y cayó al suelo con un golpecito.
—¡Ay! —chilló, asustado.
En ese mismo momento, una comadreja salió corriendo entre los sacos de grano. Tenía ojos brillantes y nariz curiosa. Vio al murciélago en el suelo y lo atrapó con sus patitas rápidas.
—¡Ajá! —dijo la comadreja—. ¡Te tengo! Odio a los pájaros. Cuando veo uno, me lo como. Y tú tienes alas. ¡Eres un pájaro!
El murciélago tragó saliva. Pensó rápido, muy rápido.
—¡No, no, no! —dijo—. No soy un pájaro. Mira bien: no tengo plumas. No tengo pico. Tengo orejas grandes y pelito suave, como un ratón. No hago nidos ni pongo huevos. Yo no pico el grano, y no canto al amanecer. Soy un animal peludo. Soy como un ratón que vuela.
La comadreja lo miró con cuidado. Tocó su ala. Efectivamente, no había plumas. Miró su cabeza. No había pico.
—Mmm… —dijo, pensativa—. Es verdad. No eres un pájaro. Entonces no me interesas. Puedes irte.
La comadreja abrió sus patitas, y el murciélago salió volando de un salto. Subió, giró, y se escondió en la oscuridad de un rincón alto. Su corazón latía muy fuerte.
—Me salvé —susurró—. Tengo que tener más cuidado.
Cuando cayó la noche, el murciélago decidió salir despacito. Quería regresar a su cueva, lejos del granero. Voló bajo, entre sombras. Pero, sin darse cuenta, entró en otro patio. Allí, otra comadreja estaba husmeando cerca de un muro. Al sentir el aleteo, levantó la cabeza y, ¡zas!, lo atrapó.
—¡Ajá! —gruñó esta comadreja—. ¡Te tengo! Odio a los ratones. Cuando los veo, los persigo. ¡Tú tienes orejas y pelito! ¡Eres un ratón!
El murciélago volvió a pensar rápido. Muy rápido.
—¿Ratón yo? —dijo con voz suave—. No, no lo soy. Mira mis alas. ¿Has visto a un ratón volar? Yo vuelo por el aire. Duermo colgado, no corro por el suelo. Cazo insectos en la noche. Soy como un pájaro de la oscuridad.
La comadreja lo miró de arriba abajo. Abrió los ojos bien grandes y vio las alas extendidas.
—Es cierto —dijo—. Vuelas como los pájaros. Y yo no odio a los pájaros. Mi problema son los ratones. Está bien. Puedes irte.
La comadreja lo soltó, y el murciélago no esperó ni un segundo. Battereó sus alas con fuerza y se alejó, lejos, muy lejos, hasta encontrar su cueva segura. Se colgó, respiró hondo y dejó que su corazón se calmara.
Desde aquel día, el murciélago recordó su lección: hay que usar la cabeza en momentos de apuro. A veces, para salir de un problema, hay que saber qué decir y cuándo decirlo.
Moraleja: Quien sabe adaptarse y pensar con calma puede librarse de muchos peligros.






















