El lino por H.C. Andersen
H.C. Andersen
6-9 Años
3 min
Sigue a una planta de lino en su viaje asombroso: de flor a tela, de trapo a papel… y hasta volver a florecer. Una lección luminosa sobre cambiar, aprender y renacer.

El lino

En un campo verde y abierto, crecía una planta de flores azules. Era el lino. Cuando soplaba el viento, sus tallos finos bailaban y las flores parecían pequeñas estrellas sobre la hierba.

“¡Qué feliz soy!”, decía el lino al sol de la mañana. “La lluvia me refresca, la luz me calienta, y la tierra me sostiene. ¡Esto es vida!”

Las estaciones pasaron, y el lino se hizo fuerte y alto. Pero un día llegaron manos humanas. Lo arrancaron de raíz. “¡Ay!”, pensó el lino. “Esto duele. ¿Se acabó mi felicidad?” Sin embargo, escuchó una voz interior que decía: “Espera. Tal vez esto sea solo el comienzo”.

El lino fue llevado al taller. Lo remojaron, lo golpearon, lo rastrillaron con peines de hierro. “¡Qué duro es todo esto!”, se quejó, aunque sin perder la esperanza. “Debe haber un motivo. Quizá me conviertan en algo nuevo”.

Y así fue. Lo hilaron en hilos delicados que cantaban en la rueca. Lo tejieron en un telar que hacía tac-tac, ordenado y paciente. Cuando todo terminó, el lino se miró a sí mismo: era una tela clara y suave, tan limpia como una nube. “¡Qué maravilla!”, dijo. “He cambiado, y sigo siendo yo.”

La tela de lino llegó a una casa alegre, con una chimenea y flores en las ventanas. Una costurera la cortó y la cosió en camisas finas. “¡Ahora abrigo corazones!”, pensó el lino, orgulloso. Los domingos iba a la iglesia sobre los hombros de la gente. En las fiestas, brillaba al sol como si fuera nieve en verano. “Nunca fui tan feliz”, decía. “Me lavan, me tienden al viento, me guardan con cuidado. Me aprecian.”

Pero el tiempo no se detiene. Las camisas se gastaron. Primero aparecieron pequeños remiendos, luego agujeritos, luego rasgones. “Me estoy rompiendo…”, murmuró el lino. “¿Acabó mi buena suerte?” Sin embargo, la voz interior volvió: “A veces, para seguir, hay que cambiar otra vez”.

La tela ya vieja fue a parar al saco de los trapos. “No soy basura”, se dijo el lino. “Fui flor, fui hilo, fui camisa… ¿Qué más podré ser?” Un día, unos hombres llegaron con el carro del trapero. Se llevaron los trapos al molino de papel.

En el molino, el batán golpeó y golpeó. “¡Qué zarandeo!” El lino se deshizo en fibras muy finas, tan finas como la niebla. Luego, flotó en agua blanca y espumosa. Lo extendieron en moldes, lo prensaron, lo secaron al aire. Cuando todo terminó, el lino se miró otra vez: ahora era papel, hojas blancas y lisas, como alas de cisne. “¡Soy nuevo!”, exclamó. “¿Qué será de mí?”

No tuvo que esperar mucho. Un escritor tomó aquellas hojas. Con una pluma negra, dibujó letras, palabras y líneas. El papel escuchaba el rasgueo de la pluma como si fueran pasos de hormigas ordenadas. Sintió que las palabras eran historias. Una de ellas contaba la vida de una planta azul que había sido arrancada, golpeada, hilada, tejida, usada, rota… y que, aun así, siempre encontraba una forma de seguir adelante. El papel sonrió por dentro. “¡Están contando mi propia historia!”

El libro, encuadernado y precioso, fue leído por ojos curiosos. “Qué bonito”, decían. “Qué verdad hay en estas páginas”. El papel se sintió orgulloso: ahora no solo abrigaba cuerpos; también abrigaba ideas. “¡Nunca he sido tan feliz!”, repitió, y esta vez, la felicidad era profunda y tranquila.

Mas los días pasan para todos, incluso para los libros. Sus hojas se mancharon, se rompieron, se soltaron del lomo. Durante una mudanza, alguien dijo: “Este ya no sirve”. Y el libro, junto con papeles viejos, fue a la chimenea. Las llamas lo rodearon. “¿Es este el final?”, pensó el papel, mientras se volvía ceniza ligera y gris.

Entonces recordó: “Cada vez que cambié, encontré algo nuevo. Tal vez haya algo más, incluso ahora”. La chimenea se enfrió, y las cenizas se guardaron en un pequeño cubo. Un niño las llevó al jardín y las esparció en una maceta. “Dicen que las cenizas alimentan las flores”, comentó su abuela.

Pasó el invierno. Llegó la primavera con pasos suaves. Un día, brotaron tallitos verdes. Crecieron y, al poco tiempo, se abrieron flores azules como pedacitos de cielo. Eran flores de lino.

El lino, que había sido planta, hilo, tela, camisa, trapo, papel y ceniza, sintió que su historia continuaba en aquellos pétalos nuevos. “¡Sigo aquí!”, murmuró con alegría. “He cambiado mil veces, y cada cambio me enseñó algo. El sol todavía brilla, la lluvia aún canta, y la vida… la vida siempre encuentra un modo de seguir.”

Y el viento, que sabía todos los secretos del campo, llevó el susurro de las flores azules por encima de la hierba: “Cuando algo termina, otra cosa comienza. No hay fin sin comienzo”.

Las personas de la casa miraron las flores y sonrieron. La abuela acarició los tallos. El niño se acercó para ver de cerca el centro oscuro de cada flor. “Parecen ojos que cuentan historias”, dijo.

El lino no respondió con palabras, porque las plantas hablan con paciencia. Pero su color azul lo decía todo: había sufrido y también había sido feliz, y en cada paso se había convertido en algo nuevo. Y esa era su verdadera magia, la magia de la vida que transforma.

Desde entonces, cuando el viento hacía bailar el campo, el lino repetía su canción: “Soy feliz. He sido muchas cosas, y aún puedo ser más”. Y si escuchabas con atención, podías oír, mezclado con el rumor de las hojas, el latido de una historia que no se apaga, aunque cambie de forma.

The End

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