El león y el ratón por Esopo
Esopo
3-6 Años
2 min
Cuando un león perdona a un ratón, siembra una sorpresa: el más pequeño lo salvará de una trampa. Descubre cómo la ayuda y la gratitud cambian todo en esta fábula clásica.

El león y el ratón

En una selva cálida y llena de sombras, un gran león dormía estirado bajo un árbol. Su melena dorada descansaba tranquila, y su respiración era profunda, como un tambor suave.

Un pequeño ratón, curioso y veloz, corría entre las hojas buscando migas y semillas. Sin darse cuenta, subió por la cola del león, cruzó su lomo como si fuera una colina y, ¡zas!, le hizo cosquillas en la nariz.

El león abrió los ojos de golpe. Con una pata enorme atrapó al ratón. —¿Quién osa molestar mi sueño? —rugió, con una voz que hizo temblar el suelo.

El ratoncito tembló. —Perdón, gran león —dijo con voz finita—. No quise molestarte. Si me dejas libre, algún día podría ayudarte.

El león soltó una risa ronca. —¿Tú? ¿Ayudarme a mí? —preguntó, divertido—. Eres muy pequeño.

Pero, al mirar al ratón tan asustado, su corazón se ablandó. Levantó la pata y lo dejó ir. —Vete, pequeñín —dijo—. Te perdono.

Pasaron unos días. Al amanecer, unos cazadores tendieron una gran red entre los árboles. Más tarde, el león, caminando orgulloso, no la vio y quedó atrapado. La cuerda le apretaba el cuerpo, y por más que tiraba, no podía salir.

Desesperado, el león rugió. —¡Roaaar! —Su rugido llenó la selva, y el pequeño ratón lo escuchó desde su escondite. Reconoció la voz y corrió sin miedo hacia el sonido.

Cuando llegó, vio al león enredado. Sus ojos ya no parecían fieros, sino tristes. —No temas —dijo el ratoncito—. Yo puedo ayudarte.

Se acercó a la red y empezó a roer las cuerdas con sus dientes afilados. Masticó una, luego otra, y otra más. Trabajó sin parar, con paciencia y valor.

Pronto, un hueco se abrió en la red. El león se movió despacio y, con un último corte del ratón, quedó libre. Se sacudió el polvo y miró al pequeño amigo.

—Me has salvado —dijo el león, con voz suave—. Creí que eras demasiado pequeño para ayudar a alguien como yo. Estaba equivocado. Gracias.

El ratón sonrió. —Hoy viste que, aunque soy pequeño, mis dientes y mi corazón son fuertes. Un día me perdonaste; hoy yo te ayudé.

El león inclinó la cabeza, agradecido. —Nunca olvidaré lo que hiciste.

Y desde entonces, el león caminó con cuidado y respeto, y el ratón jugó sin miedo cerca de su gran amigo. Ambos aprendieron que nadie es tan grande que no necesite ayuda, ni tan pequeño que no pueda darla.

Moraleja: No desprecies a los pequeños; un amigo, por diminuto que sea, puede hacer una gran diferencia.

The End

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