El huevo del sol por Elsa Beskow
Elsa Beskow
3-6 Años
2 min
Una duendecilla halla un “huevo del sol” en el bosque. Tras una aventura en el arroyo, descubre que es una naranja traída del sur. Dulzura, asombro y un paseo en barquita de cáscara.

El huevo del sol

En un bosque de pinos, vivía una pequeña duendecilla. Llevaba vestido de musgo y un sombrerito de hoja. Le gustaba bailar con la luz entre las agujas de los pinos y saludar a todos los animales.

Una mañana, vio algo redondo y brillante entre los helechos. Era grande, naranja y dorado. La duendecilla abrió mucho los ojos.

—¡Oh! —susurró—. ¡Se ha caído un huevo del sol.

Corrió a llamar a sus amigos. Llegó la ardilla y movió la cola.

—Parece una nuez gigante —dijo.

El erizo lo olfateó con cuidado.

—Huele dulce —murmuró.

Un pájaro bajó a ver y ladeó la cabeza.

—No es un huevo de los míos —trinó—. Pero brilla como el sol.

La duendecilla puso las manos sobre el tesoro.

—Lo cuidaremos —decidió—. Lo pondremos sobre una cama de musgo tierno. Cuando el huevo abra su cáscara, saldrá un rayito de sol.

Todos trabajaron juntos. Hicieron una cunita de musgo verde y suave. Pusieron el huevo del sol encima. La duendecilla lo acarició.

—Duerme, huevo del sol —cantó—. Duerme y crece.

Pasaron los días. El bosque respiraba. El viento jugaba con las copas de los árboles. Todos visitaban el huevo del sol. Nadie lo picoteó. Nadie lo empujó. Todos esperaban.

Un día, la duendecilla quiso moverlo un poco para que tomara mejor la luz. Empujó con mucho cuidado. Pero el huevo resbaló. Rodó. Rodó colina abajo y ¡paf!, cayó al arroyo.

—¡Oh, no! —gritó la duendecilla y saltó tras él.

El huevo del sol flotó como una pequeña barca. El agua lo llevaba, redondo y alegre. La duendecilla se subió encima. Se agarró fuerte y se rió, asombrada.

—¡Flotas como el sol en el agua!

El arroyo corría y cantaba. Pasaron junto a juncos y libélulas que brillaban como gemas. La ardilla los perseguía por la orilla. El erizo trotaban lo más rápido que podía.

De pronto, el huevo chocó contra una piedra. ¡Crac! Se abrió una raja. Un perfume dulce llenó el aire. Un jugo dorado resbaló y tocó los dedos de la duendecilla.

—¡Mi huevo del sol! —lloró—. ¡Se ha roto!

Entonces, una golondrina se posó en una rama. Venía de muy lejos, de países cálidos donde el invierno es suave.

—No llores, pequeña —dijo con voz clara—. Ese no es un huevo del sol. Es una naranja. En el sur crecen en árboles verdes, y parecen pequeños soles colgando de las ramas. Alguien la habrá dejado caer. El agua la trajo hasta aquí.

La duendecilla se secó las lágrimas.

—¿Una naranja? —repitió—. ¿Una fruta del sol?

—Sí —cantó la golondrina—. Mira por dentro.

Con cuidado, la duendecilla abrió la cáscara. Dentro había gajos brillantes como lunares de oro. Repartió un gajo a la ardilla. Otro al erizo. Otro al pájaro.

—¡Qué rico! —dijeron todos.

El jugo era dulce y alegre. Sabe a sol —pensó la duendecilla, feliz—. ¡Hemos encontrado un regalo del sur!

La cáscara se partió en dos cuencos anaranjados. La duendecilla los apoyó en el agua y probó a navegar. Las medias cáscaras eran barquitas perfectas. La libélula tiró de una con un hilo de hierba, y la duendecilla saludó como una capitana.

Ese día hubo fiesta en el bosque. Bailaron con las sombras de los pinos. La golondrina contó historias de árboles llenos de naranjas redondas y luminosas. La duendecilla guardó unas semillas, muy contenta.

Cuando el sol se puso, todos miraron arriba. El sol seguía en el cielo, grande y entero.

—Nuestro sol está a salvo —dijo la duendecilla—. Y hoy nos regaló su sabor.

Y desde entonces, cuando el bosque huele a dulce y a naranja, la duendecilla recuerda el día en que creyó encontrar un huevo del sol, y sonríe.

The End

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