El gato y los pájaros
En un palomar blanco, lleno de trinos y aleteos, vivían muchos pájaros. Allí estaban seguros y contentos, porque la puerta era fuerte y siempre estaba cerrada.
Un día, un gato gris que rondaba el jardín miró hacia arriba. Tenía hambre y quería atrapar a los pájaros, pero no podía trepar las paredes del palomar. Entonces tuvo una idea astuta. Había oído que algunos pajaritos estaban resfriados y que tosían un poquito.
—¡Ya sé! —maulló el gato, sonriendo—. Me disfrazaré de médico. Si creen que vengo a curarlos, abrirán la puerta.
El gato se colgó una bolsita con hojas y frascos vacíos, se puso un pañuelo al cuello como si fuera una bata, y caminó muy serio hasta la puerta del palomar. Tocó con cuidado.
—¡Toc, toc!
—¿Quién es? —piaron los pájaros desde adentro, asomando los ojitos por una rendija.
—Buenos días, mis queridos pacientes —dijo el gato con voz dulce—. Soy el Doctor Bigotes. Escuché que algunos están enfermitos. Traigo remedios deliciosos y suaves. Abrid, y os tomaré el pulso y miraré vuestras gargantitas. ¡En un momento estarán como nuevos!
Los pájaros se miraron entre ellos. Vieron, a través de la rendija, los largos bigotes del gato, sus ojos brillantes… y sus patas con uñas curvas.
La paloma más vieja, que era muy prudente, habló en voz clara:
—Gracias por venir, doctor, pero no abriremos la puerta.
El gato frunció el ceño, pero siguió sonriendo.
—No temáis —insistió—. Antes cazaba, sí, pero he cambiado. Ahora curo. Traigo jarabes dulces y gotitas mágicas… digo, gotitas buenas. Solo necesito entrar un poquito.
—Tus palabras suenan amables —dijo la paloma—, pero tus patas dicen otra cosa. Vemos tus garras, y eso nos basta.
El gato escondió las patas detrás del pañuelo.
—¿Y ahora? —preguntó—. Mirad, ya no se ven.
—Aunque escondas las garras —cantó un jilguero—, sigues siendo un gato. Un verdadero amigo no necesita disfraz.
El gato, impaciente, rascó la puerta con un uñazo.
—Abrid, abrid… Solo quiero ayudar —murmuró, pero sus uñas hicieron crac contra la madera.
Los pájaros se apartaron, firmes como una bandada en vuelo.
—No —dijeron todos juntos—. Cuidamos nuestra casa. Si de verdad quisieras nuestro bien, no nos pedirías que abriéramos la puerta.
El gato, al ver que su truco no funcionaba, bajó la cabeza, se quitó el pañuelo y se fue, con la cola baja y el estómago vacío.
Dentro del palomar, los pájaros suspiraron de alivio. La paloma anciana les guiñó un ojo.
—Recordad, pequeños —dijo—: cuando alguien que siempre ha querido hacernos daño se disfraza de amigo, debemos usar los ojos y el corazón. Las garras no desaparecen por cambiar de ropa.
Y así, los pájaros siguieron cantando, sanándose poco a poco, con la puerta bien cerrada y la prudencia abierta.
Moraleja: No confíes en quien quiere engañarte, aunque se vista de ayuda y hable bonito. El peligro, por más que se disfrace, se reconoce.






















