El carro fantasma
Era Nochevieja en una ciudad junto al mar. Las luces parpadeaban en las ventanas y el aire estaba frío y quieto, como si el mundo contuviera la respiración antes del Año Nuevo. En una pequeña habitación del Ejército de Salvación, la hermana Edith, joven y valiente, luchaba contra una enfermedad en los pulmones. Había pasado todo el año cuidando a los demás, remendando ropa, buscando a los que tenían miedo y consuelo. Esa noche pidió un deseo: “Antes de que den las doce, por favor, tráiganme a David Holm”.
David Holm era conocido en la ciudad. Antes había sido amable, buen trabajador y padre de dos niños. Pero luego empezó a beber demasiado. Se volvió áspero, enfadado, y su esposa Anna huyó con los niños para protegerlos. Aun así, Edith creía que David podía cambiar. Le había ofrecido ayuda, y él la había rechazado con burlas. Aun así, ella no dejó de rezar por él.
Lejos de allí, David estaba sentado en el cementerio con dos compañeros de parranda. El reloj de la ciudad marcaba el paso de los minutos hacia la medianoche. David contó una leyenda: “Dicen que el último en morir antes de las doce debe conducir durante un año el carro fantasma, el que recoge las almas. Ese año pesa como cien, porque el tiempo allí se mueve muy despacio. El cochero no puede descansar. Va a los lugares más altos y a los más hondos: bajo el mar, detrás de puertas cerradas, por todas las calles”.
David dijo que lo sabía por su viejo amigo Georges, que había muerto en la Nochevieja anterior. “Si de verdad existe ese carro”, dijo uno de los hombres, “no quiero verlo nunca”. Las risas rebotaron entre las lápidas. Pero surgió una discusión, luego un empujón, y una botella golpeó la cabeza de David. Él cayó al suelo cuando el reloj dio las doce, una campanada tras otra, claras como el hielo.
Entonces, en el silencio entre las campanadas y el viento, se oyó el rumor de ruedas y el paso de un caballo que no dejaba huellas. Apareció un carro gris, casi transparente, con un caballo pálido que no respiraba vaho en el frío. En el pescante iba un cochero envuelto en una capa gastada. David lo reconoció con un temblor: era Georges. “Levántate, David”, dijo el amigo, pero su voz sonaba como si viniera de muy lejos. David miró y vio su propio cuerpo en el suelo. Comprendió que estaba viendo con ojos que no eran de carne.
“¿Entonces la leyenda era verdad?”, murmuró. Georges asintió. “El último de este año debe tomar las riendas. Pero antes, ven. Tienes que ver adónde llevan nuestros caminos”. El carro fantasma avanzó sin ruido. Primero bajaron hasta la orilla del mar, donde un pescador había caído al agua oscura. El caballo se detuvo sobre la superficie como si fuera suelo. Georges descendió, tocó con cuidado el agua, y el alma del pescador, asombrada y tranquila, subió al carro. “Así es nuestro trabajo”, explicó. “No es maldad; es deber. Lo más difícil no es recoger cuerpos, sino lo que dejamos en los corazones de los vivos”.
Luego, Georges llevó a David por los recuerdos que él prefería olvidar. Le mostró una mesa con risas y botellas, y detrás, la mirada triste de Anna, su esposa, que cerraba la puerta con sus dos niños asidos a su falda. Le mostró una noche en que David, furioso, golpeó con un hacha una puerta detrás de la cual su familia se refugiaba. No necesitaban oír gritos para entender que el miedo había sido grande. David agachó la cabeza. “No quería recordar esto”, dijo con voz rota.
“Hay más”, dijo Georges con suavidad. Lo condujo hasta el refugio del Ejército de Salvación, un año atrás. Edith, sonriente y decidida, había dado a David una sopa caliente y una chaqueta remendada. David, aquel día, había arrancado los remiendos con rabia y había tosido sin respeto, echando a perder la ropa limpia que Edith preparaba para los pobres. Poco después, Edith enfermó. Aun así, ella guardó la chaqueta, la arregló de nuevo y rezó por él cada noche. “¿Por qué?”, preguntó David, asombrado y avergonzado. “Porque creía en tu bondad escondida”, respondió Georges.
El carro fantasma se detuvo junto a la ventana de la habitación donde Edith yacía ahora. Dentro, otra hermana del Ejército de Salvación y un médico le humedecían los labios. “¿Han encontrado a David Holm?”, susurró Edith. “Lo estamos buscando”, le dijeron. En ese momento, dos hombres llegaron con un cuerpo sobre una manta: el de David. Lo habían hallado en el cementerio. Pusieron el cuerpo en una camilla. Edith, muy pálida, miró su rostro. “David Holm”, dijo con una sonrisa cansada, “he esperado verte para decirte que no te guardo rencor. Quiero que vivas y que cambies. Que tu Año Nuevo sea de verdad nuevo”. David, de pie a su lado pero invisible, escuchó esas palabras como si fueran luz. Quiso responder, pero su voz no salía al mundo.
“Hay algo más que debes ver”, dijo entonces Georges. El carro los llevó hasta una habitación pobre, donde Anna, con los niños dormidos, lloraba en silencio. Sobre la mesa había una botella con un líquido peligroso. Anna, desesperada, pensaba en hacer algo terrible por miedo y tristeza, convencida de que no quedaba salida. David dio un grito que no se oyó: “¡No! ¡Anna, no!”. Se volvió hacia Georges: “Déjame ayudar. ¡Por favor! Si me dejas, si me dejas volver, lo impediré. Cambiaré, lo prometo con todo mi corazón”.
Georges lo miró largo rato. En los ojos de David vio, por fin, no orgullo ni rabia, sino amor y arrepentimiento verdadero. “Una oportunidad”, dijo el cochero. “Solo una, y úsala bien”. Tocó el pecho de David como si tocara una campana invisible, y el mundo dio un vuelco.
David abrió los ojos en la camilla de Edith. El médico se sobresaltó. “¡Está vivo!”, exclamó. David se incorporó con torpeza, pidió perdón con una mirada a Edith, y salió corriendo a través de la noche helada. Llegó a su casa justo cuando Anna alzaba la botella con manos temblorosas. Él se la quitó despacio, sin gritar, con lágrimas en los ojos. “Perdóname”, dijo, “yo te hice sentir que no había esperanza. Hay esperanza, te lo juro. Déjame empezar de nuevo”. Anna lo miró, confundida y temerosa, y luego vio que, por primera vez en mucho tiempo, sus palabras eran de verdad.
Al amanecer del Año Nuevo, David llevó a su familia al refugio del Ejército de Salvación. Llamó a la puerta con humildad. La hermana que los recibió sonrió y los hizo pasar. David se acercó a la cama de Edith. “Gracias”, le dijo, “tus manos y tus oraciones me trajeron de vuelta”. Edith asintió, contenta. Cerró los ojos con paz, mientras el sol, recién nacido, entraba por la ventana.
Afuera, nadie oyó ruedas ni cascos. Quizá el carro fantasma se fue muy lejos, o quizá quedó cerca, esperando a que los corazones aprendieran. Pero en esa casa, en ese Año Nuevo, algo imposible y mágico había ocurrido: un hombre se había levantado del frío y la oscuridad para elegir la luz. Y eso, pensó David, era el comienzo de un camino que por fin valía la pena andar.




