El cangrejito y su madre
En la orilla del mar, cuando el sol estaba suave y las olas iban y venían cantando, una mamá cangrejo salió a pasear con su cangrejito. La arena estaba húmeda y lisa, perfecta para dejar huellas. El cangrejito miraba todo con curiosidad: conchas, algas, piedritas brillantes. Sus patitas se movían contentas, y sus pasos quedaban dibujados en la arena en líneas que iban de un lado a otro.
—Hijo —dijo la madre con voz seria—, camina derecho. No vayas de lado. Mira la playa: tienes espacio. Si caminas recto, te será más fácil llegar a donde quieres.
El cangrejito intentó enderezarse. Puso su cuerpecito lo más firme que pudo, levantó una patita, luego otra, y dio un paso. ¡Ay! En cuanto avanzó, sus patitas lo empujaron hacia el costado. Dio otro paso y volvió a irse de lado. Miró atrás y vio sus huellitas: no eran rectas; parecían una pequeña escalera en la arena.
—Lo estoy intentando, mamá —dijo con un suspiro—, pero mis patitas se van solas por el costado.
La madre frunció el ceño.
—No pongas excusas —respondió—. Solo necesitas decidirte y caminar derecho.
El cangrejito la miró con ojos grandes y brillantes. Pensó un momento, y luego dijo con voz tranquila:
—Entonces, muéstrame tú cómo se hace, mamá. Camina tú primero recto, para que yo aprenda mirando.
La mamá cangrejo se acomodó. Enderezó su caparazón, alzó las pinzas con elegancia y respiró hondo. Una ola pequeña le mojó las patitas. Dio un paso con cuidado… y, sin querer, se movió de lado. Lo intentó de nuevo, concentrándose mucho: un paso más… y otra vez se fue hacia el costado. Probó una tercera vez, muy despacito, pero sus patitas, igual que las de su hijo, la llevaron por el camino de siempre, haciendo líneas torcidas sobre la arena.
La madre se detuvo. Miró sus propias huellas y luego miró a su cangrejito. Sus ojos se suavizaron.
—Tienes razón, hijito —dijo al fin, con honestidad—. Yo tampoco puedo caminar recto. No está bien pedirte que hagas lo que yo misma no puedo hacer.
El cangrejito se acercó y tocó la pinza de su mamá, contento de que lo hubiese entendido.
—Podemos seguir caminando juntos —propuso—. Yo aprenderé mirando lo que tú haces. Y si tú haces cosas buenas, yo también querré hacerlas.
La madre sonrió y asintió.
—Eso es lo que de verdad enseña —dijo—: el ejemplo. Vamos a cuidar cómo actuamos, para que nuestras huellas, aunque vayan de lado, muestren siempre bondad y verdad.
Y así, madre e hijo continuaron su paseo, dejando en la arena un dibujo de pasos que no eran rectos, pero que contaban una historia sincera: la de aprender con el ejemplo.
Moraleja: El ejemplo vale más que mil palabras.






















