El Ave Fénix
Muy lejos, más allá de todos los desiertos, existía el Jardín del Paraíso. Allí, cuando la primera rosa abrió su corazón, de sus pétalos salió volando un pájaro como ninguno: el Ave Fénix. Su plumaje brillaba en oro y rojo, como si el amanecer se hubiese posado sobre sus alas. Su canto era claro y suave, y hablaba de paz, de perfume de flores y de un lugar donde nada dañino podía entrar.
Adán y Eva caminaban entonces por aquel jardín. Pero llegó el día en que tuvieron que dejarlo, y un ángel con una espada de fuego se colocó a la puerta. Se dice que una chispa de esa espada cayó sobre el nido del Fénix. La llama no lo destruyó; lo transformó. Desde aquel fuego primero, el Ave Fénix recibió un don: cada vez que el tiempo lo gastara, el fuego le daría nueva vida. No habría dos Fénix al mismo tiempo. Siempre sería uno solo, viejo y joven a la vez, continuando su propia historia.
El ave dejó el Paraíso, porque ningún ser humano ni criatura podía volver a entrar. Voló sobre mares y montañas hasta las arenas calientes de Arabia y las tierras de Egipto, donde el sol cae recto y claro. Allí eligió una palmera alta, cerca de la gran ciudad del sol, Heliópolis. Le gustaban los aromas de la tierra: la canela, la mirra, el áloe. En lo más alto, donde el aire huele a cielo, se posó para vivir y recordar.
Cuando han pasado quinientos años, el Fénix siente que su canción se hace profunda, como una tarde que quiere dormirse. Entonces recoge ramitas de canela, cortezas perfumadas y hierbas que guardan el calor del verano. Con ellas construye un nido redondo y suave. Al amanecer, cuando el sol asoma y saluda a la palmera, el ave extiende sus alas y canta. Es un canto de despedida y de promesa. El nido reluce, chisporrotea, y estalla en llamas claras. El fuego lo envuelve todo, pero no es un fuego cruel: es un fuego que limpia y vuelve a empezar. Cuando la luz se apaga, queda un montoncito de cenizas tibias. Y de pronto, entre esas cenizas, se alza un polluelo brillante, el nuevo Fénix, tan tierno como una chispa recién nacida y tan antiguo como el primer jardín.
El joven Fénix junta con cuidado las cenizas del que fue, hace una bola ligera y la lleva en su pico. Vuela hasta el altar del sol en Heliópolis y deposita allí aquel polvo precioso. Los hombres que lo ven no lo olvidan jamás. Saben que han contemplado un secreto: que la vida puede salir de lo que parece terminado. Luego el ave se eleva de nuevo, libre, dorada, lista para otra larga ronda por el mundo.
Muchos pueblos contaron su historia. En Egipto lo pintaron en paredes junto a pirámides. Filósofos de Grecia discutieron su edad y su retorno. En Roma acuñaron monedas con su figura, como si quisieran guardar su luz en metal. Caravanas en el desierto aseguraron haberlo oído cuando la noche era demasiado grande. Poetas de tierras lejanas intentaron imitar su canto. Nadie lo atrapó. Nadie lo encerró. Siempre hay un solo Fénix, y siempre llega cuando debe llegar.
El ave ha visto reyes y chozas, ciudades que nacen y ciudades que caen. Se posó en obeliscos y en ramas polvorientas. Oye risas en patios y suspiros en habitaciones quietas. Donde canta, deja un calor suave en el corazón de quien escucha. Su canción habla de la rosa primera, del jardín que no se olvida, del bien que, aunque se esconda, no desaparece. Quien la oye, por un momento, se siente más valiente para cuidar lo que ama y más paciente para esperar la mañana.
Muchas veces quisieron quedarse con él: construirle jaulas de oro, copiar cada nota de su voz. Pero el Fénix pertenece al aire y al sol. Solo a veces, en un alféizar o en un camino, queda una pluma roja y dorada. Quien la encuentra descubre que huele a canela y a promesa. No es un tesoro para vender; es un recuerdo de que todo puede empezar de nuevo.
Cada quinientos años, cuando el mundo se siente gastado, el Fénix vuelve a arder y a renacer. Los fuegos de la vida no solo consumen; también alumbran. Quemarán lo que es viejo y ya no guarda bondad, como hierbas secas que el viento arrastra. De sus cenizas nacerán cosas más justas, más claras. El Fénix no es guerra ni destrucción. Es renovación. Es un sí limpio dicho después de muchos noes cansados.
Y así seguirá mientras exista un corazón que quiera lo bueno, mientras alguien riegue una rosa, mientras los niños miren el cielo con curiosidad. En los ojos del Fénix brilla un reflejo del Jardín del Paraíso: lugar prohibido para los pies, pero cercano al recuerdo. Nadie puede entrar, y sin embargo, nadie puede olvidarlo del todo.
Si una mañana el viento te trae olor a canela y sientes en la cara un calor como de amanecer, levanta la vista. Tal vez el Ave Fénix pasa sobre ti, rumbo a la Ciudad del Sol, llevando una pequeña carga de ceniza. Escucha con atención. Su canción dice que lo bueno nunca se pierde; regresa, nuevo y brillante, como el pájaro que un día nació del corazón de la primera rosa del mundo.






















