Caperucita Roja por Charles Perrault
Charles Perrault
6-9 Años
3 min
Un lobo astuto, una niña de caperuza roja y un bosque lleno de trampas. Lee el final original y descubre la lección que, aún hoy, nos enseña a ser prudentes.

Caperucita Roja

Había una vez una niña tan amable y risueña que todos en su aldea la querían. Su abuela le había cosido una caperuza de terciopelo rojo, tan bonita y tan a su medida, que la niña la usaba todos los días. Por eso, todos comenzaron a llamarla Caperucita Roja.

Un día, la madre de Caperucita horneó un pastel y llenó un tarrito de mantequilla fresca. “Tu abuela está delicada”, dijo. “Llévale este pastel y este tarrito de mantequilla. Ve por el camino del bosque, sin detenerte. No hables con extraños y no te apartes de la senda.” Caperucita Roja prometió obedecer y, con su cesta al brazo y la caperuza bien puesta, se internó entre los árboles.

El bosque estaba lleno de luz y sombra. Caperucita escuchó el canto de los pajaritos y el rumor de las hojas. No había caminado mucho cuando, de detrás de un tronco, apareció un lobo. Era grande, tenía ojos brillantes y una voz suave y cortés. Ahora bien, aunque parecía amable, era un lobo muy astuto. “Buenos días, Caperucita Roja”, la saludó con una reverencia. “¿A dónde vas tan temprano?” La niña, que era inocente y no imaginaba que un lobo pudiera hacer daño, respondió sin temor: “Voy a casa de mi abuela, que vive al otro lado del bosque, en la primera casita de la aldea, junto al molino. Ella está enferma y le llevo un pastel y un tarrito de mantequilla.”

El lobo relamió sus labios, pero siguió hablando con dulzura. “¡Qué buena nieta eres! Mira cuántas flores hay por aquí. ¿No te gustaría llevarle un bonito ramo? Y escucha esos pajaritos, ¡qué trinos tan alegres! Tu abuela se alegrará aún más si ve un ramo de flores frescas.” Caperucita miró alrededor y vio, efectivamente, flores de colores entre los helechos. Pensó que a su abuela le encantaría un ramo. “Es cierto”, dijo sonriendo. El lobo, mientras tanto, ideó un plan. “Yo iré por este atajo,” dijo señalando entre los árboles, “y tú puedes andar por ese sendero lleno de flores. Verás qué paseo tan agradable.” Y, sin esperar respuesta, salió corriendo por el camino más corto.

Caperucita Roja comenzó a recoger flores. Se agachó por aquí, se estiró por allá, persiguió una mariposa azul, juntó unas nueces y, contenta, fue formando un ramo cada vez más grande. Así, sin darse cuenta, se apartó un poco más del camino y se entretuvo largo rato. Mientras tanto, el lobo, que corría ligero, llegó a la casa de la abuela. Tocó a la puerta con los nudillos.

“¿Quién es?”, preguntó la anciana con voz débil. “Soy yo, Caperucita Roja”, respondió el lobo imitando una vocecita fina. “Te traigo un pastel y un tarrito de mantequilla.” “Tira del cordón y la aldaba se levantará”, dijo la abuela. El lobo tiró del cordón; la puerta se abrió, y de un salto entró. Sin dar tiempo a nada, se abalanzó sobre la abuela y se la tragó de un solo bocado, pues llevaba mucho sin comer. Después cerró la puerta, se puso el gorro de dormir de la abuela, se colocó sus gafas y su camisón, y se metió en la cama, arropándose hasta la nariz.

Al cabo, Caperucita Roja llegó a la casita con su cesta y su ramo. Le extrañó ver la puerta entreabierta y la casa en silencio. “Abuela, ¿estás ahí?”, llamó. “Sí, hijita”, respondió el lobo, esforzándose por afinar la voz. “Tira del cordón y entra.” La niña entró despacito. La habitación estaba un poco oscura, y Caperucita se acercó a la cama. Allí vio a su “abuela” con la cofia calada hasta las cejas y la colcha hasta el mentón.

“Abuela”, dijo Caperucita Roja, “¡qué voz tan ronca tienes!”

“Es por el resfriado, niña mía”, dijo el lobo.

“Abuela, ¡qué orejas tan grandes tienes!”

“Son para oírte mejor.”

“Abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!”

“Son para verte mejor.”

“Abuela, ¡qué manos tan grandes tienes!”

“Son para abrazarte mejor.”

“Abuela… ¡qué dientes tan grandes tienes!”

“¡Son para comerte mejor!”, rugió entonces el lobo. Y, sin más, saltó de la cama y se tragó a Caperucita Roja de un bocado.

Así terminó la visita en la casita del bosque. El lobo, habiendo saciado su hambre, se acomodó de nuevo entre las sábanas, satisfecho de su astucia. Pero el bosque, que antes cantaba con pájaros y hojas, quedó en silencio, como si también hubiera aprendido una lección.

Y esta es la moraleja que los mayores contaban después de narrar el suceso: las niñas y los niños deben recordar que no se habla con desconocidos ni se cuentan secretos a quien no se conoce. Hay lobos de muchas clases: algunos son peludos y enseñan los colmillos; otros parecen amables, hablan con cortesía y no asustan a primera vista. Pero son justamente esos lobos disfrazados los más peligrosos. Ser prudente, escuchar los consejos de quienes nos cuidan y seguir el camino seguro es la mejor manera de regresar a casa sanos y salvos.

The End

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